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Bodas de Plata de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de El Buen Suceso

Un aspecto de la Inmaculada Concepción: La Santa Intransigencia






    Para conmemorar la insigne Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Reina de los Cielos, se llevó a cabo en Guayaquil, y de manera ya consecutiva, una Procesión en su Honor con la presencia de una imagencita réplica de Nuestra Señora de El Buen Suceso.

    Precedida por la Santa Misa, en el rito de San Pio V, un considerable número de devotos se conglomeró en torno de Ella, aclamándola como su verdadera Reina.






    La historia de Nuestra Señora de El Buen Suceso, como podrá ver el lector en varios de nuestros artículos tiene una íntima relación con su Inmaculada Concepción.


   A continuación Usted, apreciado lector encontrará un otro aspecto de la Inmaculada Concepción, olvidado y quizás hasta desconocido...



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   Imagínese una criatura teniendo todo el amor de San Francisco de Asís, todo el celo de Santo Domingo de Guzmán, toda la piedad de San Benito, todo el recogimiento de Santa Teresa, toda la sabiduría de Santo Tomás, toda la intrepidez de San Ignacio, toda la pureza de San Luis Gonzága, la paciencia de un San Lorenzo, el espíritu de mortificación de todos los anacoretas del desierto: ella no llegaría a los pies de Nuestra Señora.






    Más todavía. La gloria de los ángeles es algo incomprensible al intelecto humano. Cierta vez apareció a un Santo su ángel de la Guarda y, tal era su gloria, que el Santo pensó que se tratase del propio Dios, y ya se disponía a adorarlo, cuando el ángel le reveló quién era. Ahora bien, los ángeles de la Guarda no pertenecen habitualmente a las más altas jerarquías celestes. Y la gloria de Nuestra Señora está inconmensurablemente por encima de la de todos los coros angélicos.

    ¿Podría haber contraste mayor entre esta obra prima de la naturaleza y de la gracia -no sólo indescriptible, sino incluso inconcebible- y la ciénaga de vicios y miserias que era el mundo antes de Cristo?

    A esta criatura predilecta entre todas, superior a todo cuanto fue creado, e inferior solamente a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo, Dios confirió un privilegio incomparable, que es la Inmaculada Concepción.

    Como consecuencia del pecado original, la inteligencia humana se tornó sujeta al error, la voluntad quedó expuesta a desfallecimientos; la sensibilidad quedó prisionera de las pasiones desarregladas; 
el cuerpo por así decir, quedó puesto en rebelión contra el alma.






    
Ahora, por el privilegio de su Concepción Inmaculada, Nuestra Señora fue preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de su ser. Y, así, en Ella todo era armonía profunda, perfecta, imperturbable. Su inteligencia, jamás expuesta al error, dotada de un entendimiento, de una claridad, de una agilidad inexpresable, iluminado por las gracias más altas- tenía un conocimiento admirable de las cosas del Cielo y de la tierra.

    La voluntad, dócil en todo al intelecto, estaba enteramente vuelta hacia el bien, y gobernaba plenamente la sensibilidad, que jamás sentía en sí, ni pedía a la voluntad algo que no fuese plenamente justo y conforme a la razón. 

    Imagínese una voluntad naturalmente tan perfecta, una sensibilidad naturalmente tan irreprensible, ésta y aquella enriquecidas y super enriquecidas de gracias inefables, perfectísimamente correspondidas en todo momento, y se puede tener una idea de lo que era la Santísima Virgen. O mejor, se puede comprender por qué motivo ni siquiera se es capaz de tener una idea de lo que era la Santísima Virgen.


“Inimicitias ponam”


La Virgen del Apocalípsis, Bernardo de Legarda 
    Dotada de tantas luces naturales y sobrenaturales, Nuestra Señora conoció por cierto la infamia del mundo en sus días. Y con esto sufrió amargamente. Pues, cuanto mayor es el amor a la virtud, tanto mayor es el odio al mal.

    Ahora, María Santísima tenía en sí abismos de amor a la virtud y, por lo tanto, sentía forzosamente en sí abismos de odio al mal. María era, pues, enemiga del mundo al cual vivió ajena, segregada, sin cualquier mezcla ni alianza, vuelta únicamente hacia las cosas de Dios.

    El mundo, a su vez, parece no haber comprendido ni amado a María: no consta que le hubiese tributado una admiración proporcionada a su hermosura castísima, a su gracia nobilísima, a su trato dulcísimo, a su caridad siempre exorable, accesible, más abundante que las aguas del mar y más suave que la miel.



    ¿Y cómo no habría de ser así? ¿Qué correspondencia podía haber entre Aquella que era totalmente del Cielo, y aquellos que vivían sólo para la tierra? ¿Aquella que era toda fe, pureza, humildad, nobleza, y aquellos que eran todo idolatría, escepticismo, herejía, concupiscencia, orgullo, vulgaridad? ¿Aquella que era toda sabiduría, razón, equilibrio, sentido de las proporciones, templanza absoluta y sin mancha ni sombra, y aquellos que eran todo desmán, extravagancia, desequilibrio, sentimiento equivocado, cacofónico, contradictorio, estridente a respecto de todo, e intemperancia crónica, sistemática, vertiginosamente creciente en todo? ¿Aquella que era la fe llevada por una lógica diamantina e inflexible a todas sus consecuencias, y aquellos que eran el error llevado por una lógica infernalmente inexorable, también a sus últimas consecuencias? ¿O aquellos que, renunciando a cualquier lógica, vivían voluntariamente en un pantano de contradicciones?


    “Inmaculado” es una palabra negativa. Significa etimológicamente la ausencia de mancha y, por lo tanto, de todo y cualquier error por menor que sea, de todo y cualquier pecado por más leve e insignificante que parezca. Es la integridad absoluta en la fe y en la virtud. Es, por lo tanto, la intransigencia absoluta, sistemática, irreductible; la aversión completa, profunda, diametralmente opuesta a toda especie de error o de mal. La santa intransigencia en la verdad y en el bien, es la ortodoxia, la pureza, en oposición a la heterodoxia y al mal. Por amar a Dios sin medida, Nuestra Señora correspondientemente amó de todo corazón todo cuanto era de Dios. Y porque odió sin medida el mal, odió sin medida a satanás, sus pompas y sus obras, al demonio, al mundo y a la carne.

Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción es Nuestra Señoa de la Santa Intransigencia
    

La Niña María, Francisco de Zurbarán
    Por esto, Nuestra Señora rezaba sin cesar. Y, como tan razonablemente se cree, Ella pedía la venida del Mesías, y la gracia de ser sierva de aquella que fuese escogida como Madre de Dios.

    Pedía el Mesías para que viniese Aquel que podía hacer brillar nuevamente la justicia sobre la faz de la tierra;

    La Virgen quería la gloria de Dios por esa justicia que es la realización en la tierra del Orden deseado por el Creador. Pero, pidiendo la venida del Mesías, Ella no ignoraba que éste sería la Piedra de escándalo, por la cual muchos se salvarían y muchos recibirían también el castigo de su pecado. 

    Este castigo del pecador irreductible, este aplastamiento del impío obcecado y endurecido, Nuestra Señora también lo deseó de todo corazón, y fue una de las consecuencias de la Redención y de la fundación de la Iglesia, que Ella deseó y pidió como nadie. Canta la Liturgia: “Ut inimicos Sanctae Ecclesiae humiliare digneris, Te rogamos audi nos“. Y antes de la Liturgia por cierto el Corazón Inmaculado de María ya elevó a Dios súplica análoga, por la derrota de los impíos irreductibles.




Admirable ejemplo de verdadero amor, de verdadero odio.

    

    Reina de todos los apóstoles, Nuestra Señora es, sin embargo, el modelo de las almas que rezan y se santifican, la estrella polar de toda meditación y vida interior. Pues, dotada de virtud inmaculada, Ella hizo siempre lo que era más razonable. Y si nunca sintió en sí las agitaciones y los desórdenes de las almas que sólo aman la acción y la agitación, nunca experimentó en sí, tampoco, las apatías y las negligencias de las almas perezosas, que hacen de la vida interior un biombo para disfrazar su indiferencia por la causa de la Iglesia.






  Su alejamiento del mundo no significó un desinterés por el mundo. ¿Quién hizo más por los impíos y por los pecadores que Aquella que, para salvarlos, voluntariamente consintió en la inmolación crudelísima de su Hijo, infinitamente inocente y santo? ¿Quien hizo más por los hombres, que Aquella que consiguió que se realizase en sus días la promesa del Salvador?


    Estamos en una época parecida a la de la venida de Nuestro Señor Jesucristo a la tierra. En 1928 escribió el Santo Padre Pío XI que “el espectáculo de las desgracias contemporáneas es de tal manera aflictivo, que se podría ver en él la aurora de este inicio de dolores que traerá el Hombre del Pecado, elevándose contra todo cuanto es llamado Dios y recibe la honra de un culto(Enc. Miserentissimus Redemptor del 8 de Mayo de 1928).

    ¿Que diría él hoy?




    Y a nosotros, ¿qué nos compete hacer? Luchar en todos los terrenos permitidos, con todas las armas lícitas. Pero antes de todo, por encima de todo, confiar en la vida interior y en la oración. Es el gran ejemplo de Nuestra Señora.

    El ejemplo de la Santísima Virgen, sólo con su auxilio se puede imitar. Y el auxilio de Nuestra Señora sólo con la devoción a Nuestra Señora se puede conseguir. Ahora, ¿en qué puede consistir la devoción a María Santísima sino en pedirle, no sólo el amor a Dios y el odio al demonio, sino aquella santa entereza en el amor al bien y en el odio al mal: en una palabra, aquella santa intransigencia, que tanto resplandece en su Inmaculada Concepción.
    





(Extracto del artículo “A santa intransigência, um aspecto da Imaculada Conceição, de 
Plinio Corrêa de Oliveira, en la Revista Catolicismo n°45, Septiembre de 1954)

SALVE REGINA…SPES NOSTRA SALVE !




    Rosario de la Aurora, 2 de Febrero del 2012




      “Soy Madre de las Misericordias y hay en mí bondad y amor”, en estas palabras de Nuestra Señora de El Buen Suceso se exprime toda la esperanza para el mundo actual. María Santísima, es la abogada de los pecadores. Y nadie ignora que no es función del abogado otra cosa sino defender al reo. Así, decir que Nuestra Señora de El Buen Suceso es nuestra abogada implica en decir que tenemos en el Cielo una abogada y que es también Reina omnipotente, en cuyas manos se encuentran las llaves de un océano infinito de misericordia.

     En la disyuntiva actual se hace necesario creer en lo que la Virgen nos dice en sus Revelaciones. En su conjunto, las apariciones de Nuestra Señora de El Buen Suceso de un lado, nos instruyen sobre la terrible gravedad de la situación mundial y sobre las verdaderas causas de nuestros males. Y de otro lado, nos enseñan los instrumentos por medio de los cuales debemos obviar los castigos terrenos y eternos que nos amenazan. Y en ellas María Santísima deja muy claro que para evitar los castigos, es necesario que los hombres se conviertan. Y para que se conviertan, es necesario que los buenos oren ardientemente por los pecadores y ofrezcan a Dios toda clase de sacrificios expiatorios. Pero para reducir los efectos de los males actuales, además de la oración y la reparación, es necesario un tercer punto, la enmienda de vida.

     El Rosario de la Aurora en honor de Nuestra Señora de El Buen Suceso, celebrado en Quito, el día 2 de febrero del 2012 fue una muestra de fe y esperanza, en que la Reina del Cielo y de la tierra derramó sobre las almas, gracias insignes acordes a las necesidades presentes. Sin importar la hora en que se dio inicio – 5 de la mañana –, llegando de las más variadas distancias, muchos sin contar con transportación propia, desafiando al frío de la serranía generalmente más intenso al amanecer, contrarrestando ciertamente el sueño, interrumpido a primeras horas de la madrugada, miles de personas dieron  así inicio a la Procesión solemne que recorrió las calles principales del centro de la capital ecuatoriana.

Diario El Comercio, Quito, 3 de Febrero/2012
     Precedidos por una pequeña y muy linda réplica de la Portentosa Imagen de la Santísima Virgen de El Buen Suceso, con el rosario en una mano, y un cirio en la otra, con el andar pausado, y en un orden, fruto de la gracia, los peregrinos avanzaban inmersos en una atmósfera iluminada por velas de la Candelaria y animada por fanfarrias. Todos rezando al unísono y en voz alta, llegando a lo más alto al Trono de Dios. La oración y el sacrificio de quienes asistieron, tendrían su recompensa al regreso de la Procesión a la Iglesia perteneciente al Monasterio de la Inmaculada Concepción. Allí, en el Altar Principal la regia imagen de Nuestra Señora de El Buen Suceso, terminada milagrosamente por los ángeles hace cuatrocientos años como que manifestaba a los fieles lo dicho por el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: “aunque tu padre y tu madre te abandonasen, yo no me olvidaría de ti”.

    Horas después, eran varios los que comentaban que un suave perfume se percibía luego de la Procesión. Ciertamente, era el perfume de la oración y del sacrificio que dejó su huella, pero sobretodo era el delicado aroma de la esperanza puesta por los devotos en la Santísima Virgen de El Buen Suceso.  



LOS NOMBRES DE LOS DEVOTOS DE LA SANTÍSIMA VIRGEN HAN SIDO COLOCADOS A LOS PIES DE LA MILAGROSA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE EL BUEN SUCESO 


     Esta esperanza de todos quienes asistieron al Rosario de la Aurora no podía quedar en el aire. Desde hace pocos años ha sido necesario plasmar en un papel todos los pedidos que Nuestra Señora de El Buen Suceso recibe de sus devotos. Un hecho convertido en poco tiempo en una tradición.

     Así, millares de intenciones, ya desde los días previos al 2 de febrero, fueron colocadas por los fieles en varias urnas dispuestas tanto dentro como fuera del templo de la Concepción. Peticiones tanto en el orden espiritual como material, llegadas incluso desde otros puntos del país como fuera del mismo, y que tras una breve pero muy bendecida ceremonia, fueron puestas el día 5 de Febrero del 2012 bajo el Manto de la Imagen Milagrosa de Nuestra Señora de El Buen Suceso, en su Trono Abacial ubicado en el Coro alto del Monasterio de las Madres Conceptas. Tales intenciones reposarán un año a los Sagrados Pies de la Bendita Imagen, esto es hasta la próxima fiesta de la Candelaria, el 2 de Febrero del 2013.



  MARIA SANTÍSIMA DE EL BUEN SUCESO ES NUESTRA ESPERANZA


    Podrán sobrevenir las más duras pruebas, los reveses más difíciles, situaciones que pongan en riesgo la perseverancia en la fe y en la práctica de los mandamientos, incluso embargarnos el dolor de ofender gravemente a Dios, sin embargo Nuestra Señora nos convida a cada instante a confiar extremadamente en Ella, pues sin la esperanza en Ella todo está perdido. “En estos aciagos tiempos” previstos por la Santísima Virgen a la Madre Mariana de Jesús Torres, hagamos nuestra, la confianza sin par de San Bernardo de Claraval, autor de la Salve Regina, oración de la cual hemos tomado el título del presente artículo. Confiemos y esperemos en la Madre de Dios tal como lo hiciera el insigne doctor melifluo en su plegaria, ¡Oh Dulce Virgen María!:



    ¡Dulce Virgen María de El Buen Suceso!, nuestra augusta soberana, nuestra amable Señora, nuestra bondadosísima y amantísima Madre, Dulce Virgen María! Hemos puesto en Vos toda nuestra confianza y no seremos confundidos, Os rogamos que nunca nos desampares y recuerdes que nuestros nombre están a Vuestros pies.

    ¡Dulce Virgen María de El Buen Suceso!: que entre los hijos de los hombres los unos busquen la felicidad en sus riquezas; que otros la busquen en sus talentos; que otros se apoyen en la inocencia de su vida o en el rigor de su penitencia o en el fervor de sus oraciones o en el gran número de sus buenas obras. Pero nosotros, Madre nuestra, esperaremos sólo en Vos, después de Dios, y todo el fundamento de nuestra esperanza será la confianza misma en vuestras maternales bondades.

     ¡Dulce Virgen María de El Buen Suceso! Las calumnias podrán arrancarnos la reputación y el poco bien que poseamos; las enfermedades nos podrán quitar las fuerzas y la facultad exterior de serviros; podremos perder aún ¡oh dolor, nuestra tierna Madre!, vuestras buenas gracias por el pecado. Pero nuestra amorosa confianza en vuestras maternales bondades, nunca jamás. ¡Oh no, jamás la perderemos!

     Conservaremos esta inquebrantable confianza hasta nuestro último suspiro. Todas las fuerzas del infierno no nos la quitarán. Moriremos repitiendo mil veces vuestro nombre bendito, haciendo reposar sobre Vuestro Corazón Inmaculado toda nuestra esperanza.

     Esta es nuestra gran confianza y toda la razón de nuestra esperanza.

     Si! eres Vos, oh! Madre nuestra, que después de habernos hecho compartir las humillaciones y sufrimientos de Vuestro Divino Hijo nos introduciréis en su gloria y en sus delicias para alabarlo y bendecirlo cerca de Vos y con Vos por los siglos de los siglos. Así sea



*********

El presente artículo está basado en escritos del insigne pensador católico, Dr. Plínio Corrèa de Oliveira, gran devoto de la Santísima Virgen de El Buen Suceso, para la revista brasileña ¨Catolicismo¨.

INVITACION AL ROSARIO DE LA AURORA - FEBRERO 2012






AVE MARIA PURÍSIMA

Rosario de la Aurora 
de la Santísima Virgen de El Buen Suceso
en el día de su fiesta





El Jueves 2 de Febrero, a las 5:00 de la mañana. 
Iglesia de la Inmaculada Concepción
- Chile y García Moreno -
A los participantes les será regalado un Rosario 
y sus nombres serán puestos 
a los pies de la Imagen milagrosa
hasta el día 2 de febrero del próximo año.
Quito - Ecuador





















Tenacidad contra los demonios y un sacrificio inmenso para la salvación de un alma





Mientras "La Capitana" confinada en la prisión, llena de odio y enloquecida hablaba al Obispo, la Madre Mariana se sentó silenciosamente en una esquina del cuarto, desde donde contempló a unos simios horribles que se acercaban a dicha monja. Sus bocas, ojos y narices vomitaban fuego vertiéndolo luego en el corazón de la rebelde y en las de sus seguidoras.

La Madre Mariana veía que esta infeliz alma y la de varias de sus adeptas, se condenarían. Para esto, Nuestro Señor se le apareció presentándole la manera de salvar a la monja rebelde de las llamas eternas del infierno que bien merecía por sus numerosos pecados, y por el daño que repercutiría en la comunidad en los siglos venideros. Para evitar su castigo eterno era necesario que la Madre Mariana acepte sufrir cinco años en el infierno para salvarla.

La heroica santa Fundadora aceptó como se verá más adelante.


La Capitana


Un día, la Madre Valenzuela, elegida nuevamente Abadesa escuchó junto a la Madre Mariana voces que venían de la prisión. La Superiora  le preguntó qué podía ser aquello.

“Madre, - le respondió la Madre Mariana - esta pobre hermana es una víctima del demonio. Vamos a asistirla y saquémosla al jardín para que no se desespere. Debemos ocuparnos de su alma”.

 Al verlas, la desgraciada criatura comenzó a correr alrededor de la prisión mientras golpeaba su cabeza contra las paredes y gritaba: ¡“Estoy muriendo! ¡Estoy muriendo! El demonio va a tomarme!". Entonces se cayó de cara a la tierra.

La Madre Mariana, llorando desconsoladamente, se acercó a la monja para levantarla. Sus lágrimas bañaron la cara de la desgraciada criatura, la cual botaba espuma por la boca, fluyéndole sangre de la nariz. Limpiándola, la frotó procurando hacerla recuperar los sentidos. Entonces le pidió a la Madre Francisca de los Ángeles que fuera a la Enfermería por unos remedios.

La Madre Valenzuela permanecía en la puerta paralizada por el pánico ante lo cual la Sierva de Dios, animándola, le dijo:

“No se preocupe su Reverencia, Jesús y María están conmigo!”


Exorcismo


Mientras la santa fundadora esperaba, notó repentinamente a dos criaturas negras agazaparse tímidamente contra la pared en una esquina del cuarto, intentando ocultarse de ella. Indignada, las increpó con fuerte voz:

“Bestias viles y abominables, qué están haciendo aquí? Vuelvan al infierno, que este es un lugar santo, una casa de oración y de penitencia. Todos sus esfuerzos por arrebatar el alma de mi hermana serán inútiles. Jesucristo murió por ella y a pesar de ustedes, la salvará. Les ordeno en nombre de los misterios de la Santísima Trinidad, de la Divina Eucaristía, de la Maternidad Divina de María Santísima y de la Asunción gloriosa de su cuerpo y alma al Cielo, que salgan inmediatamente de este santo lugar. Déjenlo, y nunca más vuelvan a atormentar a cualesquiera de mis hermanas con su abominable presencia”

Luego que pronunciara estas palabras, se escuchó un estruendo. La tierra se sacudió y gritos horribles fueron oídos. Entonces los demonios se marcharon.


Enfermedad y muerte

    
Al regresar a sus sentidos, la monja enferma estaba muy desconcertada pero empecinada, hablaría solamente con la Madre Valenzuela. Pasó una noche terrible sufriendo las crueldades de su conciencia criminal. No obstante, la envidia que sentía hacia la Madre Mariana estaba tan asentada en su corazón que no podía atreverse a pedirle perdón y mucho menos intentar estimarla.

A pedido del doctor, la trasladaron a un cuarto en donde podría ser cuidada, debido a que tenía una enfermedad contagiosa y estaba muy enferma. Las Madres Mariana y Francisca de los Ángeles la cuidaron con gran amor, dulzura y afecto. Aun así, la enferma las trató groseramente, quejándose por todo.

A pesar del cuidado y tratamiento propinado, su condición se empeoró al punto que la muerte era inminente. Sintiéndose morir, gritó en medio de una agitación terrible: “Es muy tarde para mí. No puedo (refiriéndose a la Madre Mariana) apreciarla ni perdonarla. Deseo ser salvada pero no puedo. ¡Oh! ¡Hagan que esas criaturas negras salgan de aquí! Ayúdenme, porque me llevarán!”

     Sin más remedio se aferró a los brazos de la Madre Mariana. Enseguida, las monjas llamaron a un sacerdote pero no se confesó. El clérigo se fue entristecido por esta escena de la impenitente que moría y que poco después daba su último suspiro.

La Madre Mariana sostenía el cadáver en sus brazos. Sus hermanas y cofundadoras españolas le pidieron que la acostara en la cama pero la Venerable Religiosa les respondió:

“Mis Madres y hermanas! tan pronto se olvidan del sacrificio que acepté para salvar esta alma ? Roguemos a Dios fervientemente por ella. Ahora está esperando el juicio de Dios, ya ha cometido todo el mal que ha podido. Ella vivirá otra vez. No se asusten, permanezcan en calma porque se arrepentirá y enmendará sus males por su propia voluntad. Morirá y será salvada más adelante, pero su purgatorio durará hasta el día del juicio final. Esto me lo reveló Nuestro Señor”.

Al decir esto, el cuerpo de la monja muerta tembló y abrió los ojos. Miraba todo alrededor del cuarto como si buscara a alguien. Entonces, fijando su mirada en la santa fundadora, deseó hablar pero su voz se estrangulaba en un mar de llanto. La angelical Madre Mariana secó las lágrimas con amor maternal y le habló de la confianza en la bondad de Dios. La Capitana finalmente sintió cuánto era amada.

Después de una confesión general, comenzó lentamente a recuperarse. Era ahora tan dócil como un niño y nunca deseó estar lejos de su venerable benefactora.


La Madre Mariana entra en el infierno


Tiempo después, Nuestro Señor se le apareció a la Madre Mariana, recordándole que había llegado el tiempo de que pague el precio de la salvación del alma de la Capitana. Le dejó saber que al día siguiente, después de recibir la Santísima Comunión, tan pronto como la especie sacramental se le disolviera, entraría en el infierno.

Así, un día después y antes de comulgar, sintió como si su corazón se rompiera. Intentó aferrarse a Nuestro Señor tanto cuanto sea posible, pero tan pronto como la especie divina se deshizo, sintió un dolor terrible como si el alma se arrancara de su pecho. A partir de ese momento se volvió totalmente insensible a Dios.

Permaneciendo cinco años bajo el estado de un alma condenada, perdió la noción del tiempo y estaba convencida que aquello duraría eternamente. Su sublime amor para Dios y su Santísima Madre había ahora cambiado por sentimientos de repugnancia y desprecio.


Mientras tanto, su alma sufrió todos los tormentos de un condenado, sus cinco sentidos corporales fueron empapados en una increíble tortura. Su cuerpo parecía cuál brasa que ardía intensamente quemándose sin ser consumido en medio de dolores inimaginables. Sus ojos contemplaron las escenas infernales más horribles mientras que las blasfemias más atroces asaltaron constantemente sus oídos. Su sentido del olor fue plagado por toda la inmundicia humana, y su sentido del tacto fue atormentado por filosas puntas que se introducían hasta lo más profundo de su cuerpo. Su paladar fue torturado por un gusto horrible desconocido, mientras que los demonios derramaban azufre derretido debajo de su garganta. Al mismo tiempo, los demonios golpeaban sus cabezas al punto de derramar sus sesos sobre ella, incitándola así a la cólera, a la desesperación y a la blasfemia.

Sufrió todo esto mientras llevaba su vida diaria en el Convento. Nunca abrió sus labios para quejarse ante la comunidad. Más bien seguía siendo un ejemplo perfecto de dulzura, humildad y obediencia. Solamente el sacerdote franciscano que la dirigía y las otras fundadoras sabían lo que la Madre Mariana padecía, y rezaban por ella incesantemente.

La única muestra exterior de sus sufrimientos en el infierno era que sus mejillas, normalmente atractivas y sanas, realzando su belleza natural, perdieron su color y se pusieron pálidas. En extremo, era ella un cadáver que deambulaba.


Muerte de la Capitana


Cinco años más adelante, mientras rezaba, la Madre Mariana gritó fuertemente y cayó como si hubiese muerto. Permaneció mucho tiempo inconsciente, finalmente, suspirando de manera profunda abrió los ojos, que estaban llenos de lagrimas de alivio. Su infierno había terminado. Y gradualmente fue recuperando su salud y hermoso color.

No pasó mucho tiempo de esto cuando La Capitana cayó enferma y acercándose su fin, confesó todos sus pecados y murió tranquilamente, asistida por la Santa Madre Iglesia.

La Madre Mariana de Jesús contempló el juicio de la monja, donde le fue mostrado que su salvación fue debida a los cinco años que estuvo en el infierno. La Capitana llevó consigo a la eternidad esta gratitud inmensa. En el purgatorio su benefactora la ayudó mucho, ya que no dejó de rezar nunca por ella. Después de la muerte de la Madre Mariana, esta alma del purgatorio fue olvidada gradualmente.