¿Cómo puede el mundo odiar a Aquel que pasó haciendo el bien?‏





¿Cómo puede el mundo odiar a Aquel que pasó haciendo el bien?‏









La foto reproduce un cuadro de Lucas Cranach, el viejo (siglo XVI), conservada en el Museo de Gand: “La coronación de espinas”. En torno del Divino Redentor, maniatado y revestido de una púrpura de irrisión, se agrupan cinco figuras. En el primer plano, un hombre le extiende una vara a manera de cetro y, al mismo tiempo, en un saludo caricaturesco levanta el gorro y le saca la lengua. Al lado, otro alarga la boca en actitud de escarnio. Los demás, al fondo, se empeñan en fijar en la cabeza adorable del Salvador, a manera de corona, un inmenso gorro de espinas. En el centro, el Hijo de Dios, da muestras de dolor físico, mas sobre todo, de intenso sufrimiento moral, que supera el tormento corporal, y absorbe enteramente a la Víctima divina. Se diría que Nuestro Señor sufre con el rencor de estos miserables verdugos. Sin embargo, ese odio no es sino una pisca de un inmenso océano de rencor que se entiende, por así decir, más allá, hasta los confines del horizonte. Y es por ese océano que la mirada de Jesús se prolonga en dolorosa meditación.

El cuadro de Lucas Cranach focaliza un aspecto importantísimo de la Pasión: el contraste entre la santidad infinita y el amor inefable del Redentor, con la bajeza insondable y el implacable odio de los que lo mataron. En él se patentiza la oposición irreductible entre la Luz – “erat lux vera” (Juan, 1, 9) – y los hijos de las tinieblas, entre la Verdad y el error, el Orden y el desorden, el Bien y el mal.

Popule meus, quid feci tibi? Aut in quo contristavi te?” – “Oh pueblo mío, ¿qué mal te hice Yo, en qué te he contristado?” – Estas palabras, que la liturgia de Viernes Santo pone en los labios de Nuestro Señor, están bien en el centro del tema que acabamos de enunciar.

Que un hombre odie a quien le hace mal puede ser censurable, pero no es incomprensible. Sin embargo, ¿cómo puede un hombre odiar a quien es bueno, a quien que le hace el bien?

Este problema es casi tan viejo como la humanidad. ¿Por qué Caín odió a Abel? ¿Por qué los judíos persiguieron e incluso mataron a los profetas? ¿Por qué los romanos persiguieron a los cristianos?

Más recientemente, ¿Por qué fue derramada por los protestantes tanta sangre de mártires? ¿Por qué hizo lo mismo la Revolución Francesa, o la Revolución bolchevique en Rusia? ¿Cómo explicar el odio de los comunistas en la guerra civil española, en las persecuciones en México, en Hungría, en Yugoeslavia - y de los miles de católicos víctimas actualmente del odio musulmán en Asia y Africa, n.d.r. -? La tierra aun llora la muerte del Cardenal Stepinac y uno se pregunta: ¿Por qué fue él tan odiado?

Bien sabemos que, formuladas así, tales preguntas parecerán a muchos un tanto simplistas. El odio de los enemigos de la Iglesia no siempre fue gratuito. No faltaron, por veces, también de parte de los católicos, provocaciones y excesos que generaron reacciones. De otro lado, hubo en cierto número de casos, equívocos, mal entendidos e incomprensiones que dieron lugar a violencias. Hubo entonces mártires, no porque la Iglesia fuese debidamente conocida y sin embargo odiada como tal, sino precisamente porque ella era desconocida o desfigurada indebidamente.

No negamos nada de esto. Sin embargo, reducir a estas causas el odio de las tinieblas contra la Luz, del mal contra el Bien, eso sí es singularmente simplificar el problema.

Es lo que en la Pasión se evidencia con claridad meridiana.

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Notemos, primero que nada, que si los católicos pueden tener fallas, Nuestro Señor no las tuvo. Ya sea en cuanto al fondo y a la forma, sea en cuanto al tacto y a la oportunidad con que enseñaba, sea aún en cuanto al carácter edificante de sus ejemplos, al valor apologético de sus milagros, y al aspecto santísimo y deslumbrante de su Persona, no podría haber duda alguna. Él no dio pretexto a ninguna objeción legítima, a ninguna queja sólida.

Por el contrario, sólo dio ocasiones a que lo adorasen y lo siguiesen. Entre tanto, también Él fue odiado, más odiado hasta que a sus fieles a lo largo de los siglos. ¿Cómo explicar esto? Es que en los hijos de las tinieblas hay un odio que se vuelca precisamente contra la Verdad y el Bien.

Es, pues, inútil querer atribuir todo a un mero juego de equívocos. Estos han existido, sin embargo, no resuelven el problema.

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Alguno dirá tal vez que este odio es bien simple de explicar. La Ley de Dios es austera. Quien no quiere sujetarse a los sacrificios inherentes a la observancia de ella, desobedece y fácilmente se revela. La rebelión a su vez, genera odio, especialmente odio contra la Verdad y el Bien.

No negamos que, en la generalidad de los casos, esté ahí la raíz del odio contra Dios. Mas, para comprender el problema, es necesario no simplificar tanto.

Todo pecado es una ofensa a Dios. Sin embargo, hay pecadores que conservan alguna tristeza del mal que practican y cierta admiración por el bien que no hacen. Por esto, lamentan la vida que llevan, aconsejan a otros a no seguirles el ejemplo, y prestan honra a los que proceden bien. De esta actitud humilde proviene, muchas veces, que Nuestro Señor les conceda grandes gracias y ellos vuelvan al camino de la salvación.

Si sólo hubiese en Israel de estos pecadores, no creo que Jesús hubiese sido perseguido, y aun menos, crucificado. Si de esos fuese Caín, no habría, matado a Abel. Si todos los pecadores de la Historia hubiesen sido como esos, no habría ella registrado las horribles persecuciones de que hablamos arriba.

¿Cómo son, entonces, los pecadores que constituyen las almas rabiosas que mueven las persecuciones contra la Iglesia? Aquí está el problema.

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El pecador entristecido y avergonzado de que tratamos no puede ser propiamente llamado un impío. El caerá en la impiedad, si de tal manera se embotase en el pecado, que lo hiciera perder la tristeza de practicarlo y la admiración por los que ejercen la virtud. Nacerá, entonces, de ahí una impiedad de primer grado, por así decir, que redundará en indiferencia por la Religión y por la moral. Al impío de este género, sólo sus intereses personales importan. Tanto se le da vivir en un ambiente bueno o malo: desde que gane dinero y haga carrera, o se divierta, cualquier cosa le sirve.

Evidentemente, esta impiedad es muy censurable. Fueron culpables de ella todos los que en Jerusalén asistieron a la Pasión como meros curiosos. Y los que a través de la Historia, hasta hoy en día, se juzgan en el derecho de presenciar la lucha entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas sin tomar partido, como una egoísta “tercera fuerza”. Pero, una vez más, gente de este tipo, de por sí, no habría practicado el deicidio.

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Sin embargo, hay almas que van más lejos. Movidas por la sensualidad, por el orgullo, por otro vicio cualquiera, llevan la malicia tan lejos, de tal manera se identifican con el pecado, que llegan a sólo sentirse bien donde se lisonjeen sus malos hábitos, y a no soportar nada que constituya censura o hasta mero desacuerdo en relación a ellos. De ahí surge un odio a los buenos y al Bien, a los paladines de la verdad y a la Verdad misma, que les da como que un ideal negativo. Voltaire lo expresó muy bien en su lema “écraser l’infâme” (¡“aplastar al infame”, esto es, al Verbo Encarnado!). Hacer de esto un anhelo de todos los momentos, el “ideal” de una vida, he aquí lo que es la quintaesencia de la impiedad. Gente así reúne todos los requisitos para planear, urdir y ejecutar la persecución. Si en Israel no hubiese gente así, Nuestro Señor no hubiese sido crucificado.


Imagen de Nuestro Señor Flagelado

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Dios no niega su gracia a nadie. Impíos de estos también pueden convertirse, y de todo corazón. Con todo, cabe acrecentar que, en cuanto no lo hacen, ya tienen en esta tierra la más importante característica de los condenados al infierno.

Realmente, se piensa en general, que los condenados, si pudiesen, huirían todos para el Cielo. Esto no es verdad. Ellos tienen tanto odio a Dios, que aunque pudiesen librarse del fuego eterno en el cual están presos, no lo harían si tuviesen que con esto prestar a Dios un acto de amor y obediencia.

Tal es la fuerza de este odio. Y es a la luz de esto que se comprende bien lo que llamaríamos de impío de segundo grado.

Fue esta impiedad quintaesenciada la fuerza motriz que animó a la Sinagoga a la rebelión contra el Mesías. Fue ella la que movió la lucha de los impíos contra la Iglesia, contra los buenos católicos, en el decurso de los siglos.

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Hijos de las tinieblas… esos son los impíos. Príncipe de las tinieblas, ese es Satanás. ¿Qué relación existe entre ellos? Judas era un hijo de las tinieblas. Nos dice el Evangelio que el demonio entró en él (Luc. 22, 3). Sabemos por la Fe que “andan por el mundo para perder las almas” espíritus malignos. Cuando el demonio consigue realizar en un alma su obra completa, llévala a este estado de impiedad. Recíprocamente, un alma así es campo abierto para las tentaciones del demonio. Es fácil ver, pues, que tales impíos son los mejores auxiliares del infierno en la lucha contra la Iglesia.


El beso de Judas. Giotto, Capilla Scrovegni, Padua

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Señor, en esta hora de misericordia en que consideramos vuestro Cuerpo sacrosanto verter por todos lados vuestra Sangre redentora, Os pedimos, por los méritos infinitos de esa misma sangre preciosísima y por las lágrimas de vuestra y nuestra Madre, nos mantengáis muy lejos de cualquier impiedad: “no permitas que nos separemos de Ti”, de todo corazón Os lo imploramos.

Por toda parte por donde los impíos persiguen a los hijos de la luz, y muy especialmente en la Iglesia del Silencio, sed la fuerza de los perseguidos, no sólo para que no desfallezcan, como para que se levanten, se articulen, y aplasten a vuestros adversarios. Por el Inmaculado Corazón de María, Os lo rogamos.

Y, ya que en la última hora prometisteis el Paraíso al buen ladrón, Señor, por los méritos de vuestra agonía Os suplicamos, en unión con María, que vuestra misericordia descienda hasta los antros ocultos de la impiedad, a fin de convidar para las vías de la virtud a vuestros peores adversarios.


Y aun por misericordia, Señor, confundid, humillad y reducid a la entera impotencia a los que, rechazando los más extremos llamados de vuestro amor, persisten en trabajar para destruir la civilización cristiana y hasta – como si fuese posible – vuestra Esposa mística, la Santa Iglesia.

(Artículo de autoría del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, escrito para la Revista Catolicismo, número 112, de Abril de 1960)

Nuestra Señora de El Buen Suceso espera por Usted






Apreciado Devoto 
de Nuestra Señora de El Buen Suceso


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Su nombre y sus intenciones estarán un año a los pies de la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de El Buen Suceso, bajo su manto protector y misericordioso


O Clemens, O pia, O dulcis Virgo María!





O Clemens, O pia, O dulcis Virgo María!  (1)

La unión extraordinaria con Nuestra Señora, el cíngulo para medir su misericordia





             “Entonces aparecía, en una inmensa claridad, una hermosa y linda señora con un preciosísimo niño en el brazo izquierdo y un báculo en el derecho. En el báculo había una cruz de diamantes, los que relucían, cada uno, como un sol, y en medio de la cruz, una estrella de rubíes, teniendo grabado el nombre de María, que despedía un conjunto de luces, cada una más brillante que la otra.”

“La humilde madre Mariana, confundida en su propio conocimiento, no se creía digna de tal favor. Su corazón, purificado de varios afectos, era una brasa ardiente de Amor Divino, y creía que era alguna ilusión fantástica, causada por sus grandes sufrimientos; y, recobrando las fuerzas, extendió sus brazos diciendo:
“Hermosa Señora, ¿quién sois y qué queréis de mí en este lugar oscuro en que me encuentro con mis hijas sufridas?"
Entonces la visión divina fue de esta manera:
“Hija predilecta de mi corazón y esposa amada de mi Divino Hijo, tu humilde entendimiento te atrae a mi Corazón así como el orgullo que reina en esta pobre colonia me aparta de ella…Por esto, es voluntad de mi Hijo Santísimo que tú misma mandes a ejecutar mi imagen bajo la invocación de El Buen Suceso y te apresures a colocarla en la cátedra de la Abadesa, para que yo desde allí gobierne mi monasterio! Y la imagen tendrá que ser tallada tal como ves!”
Oyendo estas palabras, la madre Mariana abrió su espíritu a María Santísima, su Madre Celestial y Abadesa, y le dijo con timidez:
“Hermosa y linda Señora, vuestra hermosura me encanta. ¡Oh! Si me fuera dado dejar la tierra ingrata para elevarme con Vos al Cielo! Mas permitidme que os haga saber que ninguna persona humana, por más entendida que fuese en el arte de la escultura, podrá trabajar en madera vuestra encantadora Imagen, tal como me pedís, con todos los detalles. Enviad a los ángeles del Cielo, pues yo no sabría explicar a criatura alguna, ni menos podría saber y dar la talla de vuestra estatura”.
Nuestra Señora le dijo entonces, entre otras cosas:
“…En cuanto a la altura de mi talla, mídela tu misma con el cordón seráfico que traes en tu cintura” (*)
La Madre Mariana respondió:
“Linda Señora, mi Madre querida, ¿atreverme yo que soy sólo viandante  a tocar vuestra frente divina, cuando ni los espíritus angélicos pueden hacerlo? Vos sois el Arca Viva de la Alianza, y si Osa, sólo por el hecho de haber tocado el Arca Santa para evitar que cayese al suelo, cayó muerto, cuánto más yo, mujer pobre y débil”.
Nuestra Señora dijo:
“Me alegra tu humilde temor y veo el amor ardiente a tu Madre del Cielo, que te habla; trae y pon en mi mano derecha tu cordón, y tú, con la otra extremidad toca mis pies”.
Luego de que la madre Mariana, temblando de júbilo, amor y reverencia, hizo lo indicado, la Reina del Cielo, Nuestra Señora, prosiguió:
“Aquí tienes, hija mía, la medida de tu Madre del Cielo; entrégala a mi siervo Francisco del Castillo, explicándole mis facciones y mi postura; Y él trabajará exteriormente mi imagen porque es de conciencia delicada y observa escrupulosamente los Mandamientos de Dios y de la Iglesia; ningún otro será digno de esta gracia”.
Es con este bellísimo relato que el Padre Manoel de Souza Pereira, OFM (siglo XVIII) describe la tercera aparición de Nuestra Señora de El Buen Suceso a la venerable sierva de Dios, madre Mariana de Jesús Torres, ocurrida el 16 de enero de 1599, precisamente en instancias en que las santas fundadoras del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito sufrían una cruel persecución de parte de pésimas hermanas del convento, las que habían iniciado una revolución que tenía por objeto acabar con la autoridad de dicho claustro. Esto, a tal punto que la madre Mariana, abadesa del convento en ese entonces, fue encarcelada en una prisión por las monjas rebeldes. En dicho encierro, la Santísima Virgen le ordenaría la ejecución de una imagen que debía gobernar el monasterio. Para esto, la Madre de Dios pondría un empeño reiterado en que fuera medida su estatura. ¿Por qué esta insistente solicitud de la Reina del Cielo? ¿Qué significado tendría esta apertura tan íntima de su alma? ¿Encierra algún simbolismo? Invitamos al lector a descubrir, en el presente artículo, el velo de este lindísimo acto de confianza que Nuestra Señora pide de cada uno de nosotros.


Escudo de la Orden de la Inmaculada Concepción, adornado en sus bordes por el cordón franciscano


Segunda medición de Nuestra Señora de El Buen Suceso. Anuncio de la muerte del Obispo Salvador de Rivera

Transcurrieron once años, y la Santísima Virgen volvía a insistir a la madre Mariana en la confección de la imagen de El Buen Suceso, recalcando la suma importancia de esta advocación suya en los siglos futuros. Para esto le ordena ir en busca del obispo, escogido por la Providencia para consagrar dicha imagen, y decirle sobre la importancia de su elaboración, debiendo ser colocada a la cabeza del monasterio que lo consideraba de su propiedad y así gobernarlo desde allí 
La Santísima Virgen decía entonces en aquel día del 21 de enero de 1610, durante su cuarta aparición:
“Aplacarán la ira divina quienes a mí recurran bajo la invocación de El Buen Suceso, cuya imagen pido y mandes que hagas ejecutar con presteza para consuelo y sustento de mi monasterio y de los fieles de ese tiempo [siglo XX y lo sucesivo]”.
“Esta devoción será el pararrayos colocado entre la Justicia Divina y el mundo prevaricador, para impedir que se descargue sobre esta tierra culpable el formidable castigo que merece”.
“Hoy mismo, cuando amanezca, irás a hablar con el obispo y le dirás que yo te pido mandes a esculpir mi imagen, para ser colocada a la cabeza de esta comunidad, a fin de tomar posesión completa de aquello que por tantos títulos me pertenece. Y como prueba de la veracidad de lo que dirás, morirá él dentro de dos años y dos meses, debiendo desde ya prepararse para el día de la eternidad, porque su muerte será violenta”. (La muerte de Monseñor Salvador de Rivera se dio el 24 de marzo de 1612)
Ante las órdenes maternales de Nuestra Señora, la madre Mariana respondió:
“Bella Señora que atraéis mi corazón y lo eleváis hasta Dios, la imperceptible hormiguita que tenéis ante vuestra presencia no podrá referir al artista vuestra estatura”.
La Reina del Cielo le contestó, comunicándole una vez más sus deseos de ser medida:
“Nada de esto te preocupe, hija querida. En cuanto a mi estatura, trae acá el cordón que te ciñe y mídeme sin temor, pues a una madre como yo le agrada la confianza respetuosa y la humildad de sus hijos”.


Madre Mariana de Jesús Torres

Entregando su cordón en tales divinas manos, la madre Mariana le dijo a Nuestra Señora:
“Reina del Cielo y Madre Querida, aquí tenéis la cuerda para mediros. ¿Quién la sostendrá en vuestra hermosa frente?, pues yo no me atrevo”.
Ante esto, y luego de que los tres arcángeles, San Miguel, San Gabriel y San Rafael, levantaran la imperial corona de la Santísima Virgen, Ella misma colocó una punta del cordón en su frente llena de belleza, mientras la Madre Mariana tocaba con la otra punta sus divinos pies, quedando así establecida la medida para la elaboración de la imagen.

Tercera medición, 2 de febrero de 1610

Transcurrieron dos semanas y Nuestra Señora remarcaba que la hechura de la imagen no se podía postergar más. Llama mucho la atención la disponibilidad que Ella tendría en ser medida nuevamente, esta vez, por tercera ocasión
El día 2 de febrero de 1610, a la una de la mañana, la madre Mariana rezaba, como de costumbre, en el coro alto del convento, y a la vez, meditaba sobre la humildad de María Santísima en el soberano misterio de la Purificación. Al terminar su oración resolvió ir a descansar. En eso, se sintió en presencia de su Madre Santísima de El Buen Suceso, que estaba cercada de luces que esparcían estrellas dispuestas en forma de arco. Así, Nuestra Señora le dijo, entre otras cosas:
“Con la hechura de mi imagen favoreceré al pueblo en general a través de los siglos. Ve cuanto antes a hablar con el obispo…y apresúrate en mandar a esculpirla porque el tiempo vuela y solo dispone de dos años de vida el actual obispo gobernante, escogido para consagrar mi imagen con los santos óleos”.
Como anteriormente, la Madre Mariana, no podía ocultar a la Reina del Cielo su incapacidad muy natural para describir sus facciones al escultor escogido; y solicitó a la bella Señora medir su estatura.
Entonces la Santísima Virgen le dijo:
“Las facciones de mi imagen no deben preocuparte, pues serán como yo quiero que sean, para los altos fines a que está destinada”.
“Dame ahora la punta del cíngulo que traes a tu cintura, símbolo de pureza de la esposa del Divino Jesús”.
De inmediato, la madre Mariana corresponde al pedido de la Santísima Virgen; y, mientras le tocaba el pie derecho con una de las puntas de su cordón, levantó sus ojos y vio al Niño Jesús tocando, con la otra punta, la frente de su Divina Madre, abrazándola con amor de hijo y complacido por la belleza con que la había adornado al llenarla de gracias, dones y virtudes para hacerla su madre. Estirándose como elástico, el cordón alcanzó la altura la altura de la Santísima Virgen. Acto seguido, el Niño Jesús extendió su mano y lo entregó a la Madre Mariana diciéndole:
“Esposa mía, aquí tienes la tan deseada estatura de mi Madre Santísima.
“Conserva este cordón con veneración”.
Tres días después, esto es, el 5 de febrero de 1610, el escultor español Francisco de la Cruz del Castillo, con devoción y entusiasmo, recibía de la madre Mariana la medida de la altura de la imagen cuya elaboración iniciaría siete meses después, el 15 de Septiembre, para ser precisos.
                                                                   Continuará....
  (*) Llamadas concepcionistas franciscanas, las religiosas de la orden de la Inmaculada concepción, adoptaron desde su fundación, la regla de santa Clara, convirtiéndose por tanto en una rama de la Orden de los Frailes Menores o Franciscanos. Es en honor del Padre Seráfico que ciñen en la cintura el cíngulo o cordón franciscano

Prodigio de la Sierva de Dios Madre Mariana de Jesús Torres en Guayaquil





Prodigio de la Sierva de Dios Madre Mariana de Jesús Torres en Guayaquil


“Llora con instancia, clama sin cansarte y llora con lágrimas amargas en el secreto de tu corazón, pidiendo a Nuestro Padre Celestial que por amor al Corazón Eucarístico de mi Hijo Santísimo, por esa preciosísima sangre vertida con tanta generosidad y por esas profundas amarguras y dolores de su Pasión y Muerte, ponga cuanto antes fin a tan aciagos tiempos, enviando a esta Iglesia el Prelado que deberá restaurar el espíritu de los sacerdotes; a ese hijo mío muy querido, a quien amamos mi Hijo Santísimo y yo con amor de predilección” (Revelaciones de Nuestra Señora de El Buen Suceso a la Venerable Sierva de Dios, Madre Mariana de Jesús Torres, el 2 de Febrero de 1634).


Fotografía tomada a un cuadro con el rostro de la Madre Mariana de Jesús Torres. A un costado, una reliquia de la Sierva de Dios.



El día 21 de Junio del 2014, una foto de la Madre Mariana de Jesús Torres, fundadora del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito, cuyo cuerpo se encuentra incorrupto desde su muerte hace 379 años, apareció con una lágrima en su mejilla en el instante de ser captada. Dicha foto en que la Sierva de Dios aparece llorando prodigiosamente, fue tomada durante una reunión de los Devotos de la Virgen de El Buen Suceso, por uno de los participantes con su celular.


Lágrima cayendo por la mejilla del rostro de la Madre Mariana de Jesús Torres


Cuadro original de la Madre Mariana de Jesús Torres, en cuya fotografía posterior apareció la prodigiosa lágrima

Semana Santa


      

        
"O Legionário" Nº 764 de 30 de Marzo de 1947


                              Reflexiones durante la Semana Santa





Plínio Corrêa de Oliveira

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LA VERDADERA PIEDAD debe impregnar toda el alma humana, y, por tanto, también debe despertar y estimular la emoción. Pero la piedad no es sólo emoción, y ni siquiera es principalmente emoción. La piedad brota de la inteligencia, seriamente formada por un cuidadoso de la doctrina cristiana, por un conocimiento exacto de nuestra Fe, y, por tanto, de las verdades que deben regir nuestra vida interior. La piedad reside también en la voluntad. Debemos querer seriamente el bien que conocemos. No nos basta, por ejemplo, saber que Dios es perfecto. Necesitamos amar la perfección de Dios, y, por tanto, debemos desear para nosotros algo de esa perfección: es el ansia de santidad.

                                     No hay verdadero amor sin sacrificio



"DESEAR" no significa apenas sentir veleidades vagas y estériles. Sólo queremos seriamente algo, cuando estamos dispuestos a todos los sacrificios para conseguir lo que queremos. Así, sólo queremos seriamente nuestra santificación y el amor de Dios, cuando estamos dispuestos a todos los sacrificios para alcanzar esta meta suprema. Sin esa disposición, todo el "querer" no es sino ilusión y mentira. Podemos tener la mayor ternura en la contemplación de las verdades y misterios de la Religión: pero si de ahí no sacamos resoluciones serias, eficaces, de nada valdrá nuestra piedad.

Es lo que especialmente se debe decir en los días de la Pasión de Nuestro Señor. No nos vale apenas acompañar con ternura los varios episodios de la Pasión. Esto sería excelente; sin embargo, no sería suficiente. Debemos dar a Nuestro Señor, en estos días, pruebas sinceras de nuestra devoción y amor.

Estas pruebas, las damos cuando tenemos el propósito de enmendar nuestra vida y de luchar con todas las fuerzas por la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Cuando Nuestro Señor interpeló a San Pablo, en el camino de Damasco, le preguntó: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Saulo perseguía a la Iglesia. Nuestro Señor le decía que era a Él mismo a quien Saulo perseguía.

               
                                       La Pasión de Cristo en nuestros días


SI PERSEGUIR a la Iglesia es perseguir a Jesucristo, y si hoy también la Iglesia es perseguida, hoy Cristo es perseguido. La Pasión de Cristo se repite de algún modo también en nuestros días.

¿Cómo se persigue a la Iglesia? Atentando contra sus derechos o trabajando para apartar de Ella a las almas. Todo acto por el cual se aparta de la Iglesia un alma, es un acto de persecución a Cristo. Toda alma es, en la Iglesia, un miembro vivo. Arrancar un alma a la Iglesia es arrancar un miembro al Cuerpo Místico de Cristo. Arrancar un alma a la Iglesia es hacer con Nuestro Señor, en cierto sentido, lo mismo que harían con nosotros si nos arrancasen la niña de los ojos.

Si queremos, pues, condolernos con la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, meditemos sobre lo que El sufrió por mano de los judíos, pero no nos olvidemos de todo cuanto aún hoy se hace para herir al Divino Corazón.

Y esto tanto más cuanto Nuestro Señor, durante su Pasión, previó todo cuanto pasaría después. Previó, pues, todos los pecados de todos los tiempos, y también los pecados de nuestros días. El previó nuestros pecados, y por ellos sufrió anticipadamente. Estuvimos presentes en el Huerto como verdugos, y como verdugos seguimos paso a paso la Pasión hasta lo alto del Gólgota.



                                                                              *   *   *

Arrepintámonos, pues, y lloremos.

La Iglesia, sufridora, perseguida, vilipendiada, ahí está a nuestros ojos indiferentes o crueles. Ella está delante de nosotros como Cristo delante de la Verónica. Condolámonos con sus padecimientos. Con nuestro cariño, consolemos a la Santa Iglesia de todo cuanto sufre. Podemos estar seguros de que, con esto, estaremos dando al propio Cristo una consolación idéntica a la que le dio la Verónica.

                                 

                               Incredulidad culpable



COMENCEMOS por la Fe. Ciertas verdades referentes a Dios y a nuestro destino eterno, podemos conocerlas por la simple razón. Otras, las conocemos porque Dios nos las enseñó. En su infinita bondad, Dios se reveló a los hombres en el Antiguo y Nuevo Testamento, enseñándonos no solamente lo que nuestra razón no podía descubrir, sino además muchas verdades que podríamos conocer racionalmente, pero que por culpa propia la humanidad ya no conocía de hecho. La virtud por la cual creemos en la Revelación es la Fe. Nadie puede practicar un acto de Fe, sin el auxilio sobrenatural de la gracia de Dios. Esa gracia, Dios la da a todas las criaturas y, en abundancia torrencial, a los miembros de la Iglesia Católica. Esta gracia es la condición para su salvación. Nadie llegará a la eterna bienaventuranza, si rechaza la Fe. Por la Fe, el Espíritu Santo habita en nuestros corazones. Rechazar la Fe es rechazar al Espíritu Santo, es expulsar del alma a Jesucristo.

Veamos ahora, en nuestro entorno, cuántos católicos rechazan la Fe. Fueron bautizados, pero en el curso del tiempo perdieron la Fe. La perdieron por culpa propia, porque nadie pierde la Fe sin culpa, y culpa mortal. Helos aquí, indiferentes u hostiles, piensan, sienten y viven como paganos. ¡Son nuestros parientes, nuestros prójimos, quizá nuestros amigos! Su desgracia es inmensa. Indeleble está en ellos la señal del Bautismo. Están marcados para el Cielo, y caminan para el infierno. En su alma redimida, la aspersión de la Sangre de Cristo está marcada. Nadie la apagará. Es de cierto modo la propia Sangre de Cristo que ellos profanan cuando en esta alma rescatada se acogen principios, máximas, normas contrarias a la doctrina de la Iglesia. El católico apóstata tiene alguna cosa de análogo al sacerdote apóstata. Arrastra consigo los restos de su grandeza, los profana, los degrada y se degrada con ellos. Pero no los pierde.

¿Y nosotros? ¿Nos importa esto? ¿Sufrimos con esto? ¿Rezamos para que estas almas se conviertan? 

¿Hacemos penitencias? ¿Hacemos apostolado? ¿Dónde está nuestro consejo? ¿Dónde está nuestra argumentación? ¿Dónde está nuestra caridad? ¿Dónde está nuestra altiva y enérgica defensa de las verdades que ellos niegan o injurian?

El Sagrado Corazón sangra con esto. Sangra por su apostasía y por nuestra indiferencia. Indiferencia doblemente censurable, porque es indiferencia para con nuestro prójimo y sobretodo indiferencia para con Dios.

                        
                               Unos conspiran, otros duermen...


¿CUÁNTAS ALMAS en el mundo entero van perdiendo la Fe? Pensemos en el incalculable número de periódicos impíos, radioemisoras impías [¡la televisión de hoy!], de los que diariamente se llena el orbe. Pensemos en los innumerables obreros de Satanás que, en las cátedras, en el seno de la familia, en los lugares de reunión o de diversión, propagan ideas impías. De todo este esfuerzo, ¿quién ha de admitir que nada resulte? Los efectos de todo esto están delante de nosotros. Diariamente las instituciones, las costumbres, el arte, se van descristianizando, indicio incontestable de que el propio mundo se va perdiendo para Dios.

¿No habrá en todo esto una gran conspiración? Tantos esfuerzos, armónicos entre sí, uniformes en sus métodos, en sus objetivos, en su desarrollo, ¿serán mera obra de coincidencias? ¿Dónde y cuando, intenciones desarticuladas produjeron articuladamente la más formidable ofensiva ideológica que la Historia conoce, la más completa, la más ordenada, la más extensa, la más ingeniosa, la más uniforme en su esencia, en sus fines, en su evolución?

No pensamos en esto. No percibimos esto. Dormimos en la modorra de nuestra vida de todos los días. 

¿Por qué no somos más vigilantes? La Iglesia sufre todos los tormentos, pero está sola. Lejos, bien lejos de Ella susurramos. Es la escena del Huerto que se repite.

Para decirlo por entero, la Iglesia nunca tuvo tantos enemigos y, paradójicamente, nunca tuvo tantos "amigos". Oigamos a los espiritistas: dicen que no promueven ninguna guerra hacia la religión, y menos aún al catolicismo que a cualquier otra. Sin embargo, la vida de todos ellos, comunistas, espiritistas, protestantes, ¿no es desde la mañana hasta la noche otra cosa, sino una conspiración contra la Iglesia? Ellos también tienen los labios prontos para el ósculo, aunque en su mente ya hayan decidido hace mucho tiempo exterminar a la Iglesia de Dios.

                          
                             
                          La tibieza y el amor de Dios

¿Y ENTRE NOSOTROS? Gracias a Dios, esta Fe que tantos combaten, persiguen, traicionan, nosotros la poseemos.

¿Qué uso hacemos de ella? ¿La amamos? ¿Comprendemos que nuestra mayor ventura en la vida consiste en ser miembros de la Iglesia, que nuestra mayor gloria es el título de cristiano?

En caso afirmativo – y cuán pocos son los que podrían en sana conciencia responder afirmativamente – ¿estamos dispuestos a todos los sacrificios para conservar la Fe?

No digamos, en un asomo de romanticismo, que sí. Seamos positivos. Veamos fríamente los hechos. No está junto a nosotros el verdugo que nos va a colocar en la alternativa de la cruz o de la apostasía. Pero todos los días, la conservación de la Fe exige de nosotros sacrificios. ¿Los hacemos?

¿Cuán exacto será decir que, para conservar la Fe, evitamos todo lo que la puede poner en riesgo? 

¿Evitamos las lecturas que la pueden ofender? ¿Evitamos las compañías con las cuales está expuesta a riesgo? ¿Buscamos los ambientes en los cuales la Fe florece y echa raíces? ¿O, a cambio de placeres mundanos y pasajeros, vivimos en ambientes en que la Fe se deteriora y amenaza caer en ruinas?

Todo hombre, por el propio hecho del instinto de sociabilidad, tiende a aceptar las opiniones de otros. En general, hoy en día, las opiniones dominantes son anticristianas. Se piensa contrariamente a la Iglesia en materia de filosofía, de sociología, de historia, de ciencias positivas, de arte, de todo en fin. Nuestros amigos siguen la corriente. ¿Tenemos el coraje de divergir? ¿Resguardamos nuestro espíritu de cualquier infiltración de ideas erradas? ¿Pensamos como la Iglesia en todo y por todo? ¿O nos contentamos negligentemente en ir viviendo, aceptando todo cuanto el espíritu del siglo nos inculca, y simplemente porque él nos lo inculca?
Es posible que no hayamos arrojado a Nuestro Señor de nuestra alma. Pero, ¿cómo tratamos a este Divino Huésped? ¿Es Él el objeto de todas las atenciones, el centro de nuestra vida intelectual, moral y afectiva? ¿O, simplemente, existe para Él un pequeño espacio donde se lo tolera, como huésped secundario, aburrido, un tanto inoportuno?

Cuando el Divino Maestro gimió, lloró, sudó sangre durante la Pasión no lo atormentaban apenas los dolores físicos, ni sólo los sufrimientos ocasionados por el odio de los que en aquel momento lo perseguían. También lo atormentaba todo cuanto contra Él y la Iglesia haríamos en los siglos venideros. Lloró por el odio de todos los malos, de todos los Arrios, Nestorios, Luteros, pero lloró también porque veía delante de sí al cortejo interminable de las almas tibias, de las almas indiferentes, que sin perseguirlo no lo amaban como debían.

Es la falange incontable de los que pasaron la vida sin odio y sin amor, los cuales  –según Dante– quedaban fuera del infierno, porque ni en el infierno había un lugar adecuado para ellos.

¿Estamos nosotros en este cortejo?

He ahí la gran pregunta a la que, con la gracia de Dios, debemos dar respuesta en los días de recogimiento, de piedad y de expiación en que ahora debemos entrar.


                                                                                                 Video: Esperanza de Triana con Pasan los Campanilleros