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Bodas de Plata de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de El Buen Suceso

VIGILAD Y ORAD: "Quien reza se salva; quien no reza se condena"



“Padre no se haga mi voluntad, sino la Vuestra”

La Oración en el Huerto. F. Angélico (siglo XV) Museo de San Marcos, Florencia, Italia


Transcribimos a continuación un artículo del Profesor Plinio Corrèa de Oliveira, publicado en la revista brasileña Catolicismo, en Abril de 1954. Transcurridos más de 50 años de su publicación, el siguiente texto conserva hoy una impresionante actualidad para los días trágicos de nuestra época. El autor resalta que en las ocasiones especialmente difíciles en las que las fuerzas parecieran faltarnos, debemos elevar nuestros corazones a Dios, y rezar, con la certeza confiada de que las gracias no nos faltarán. Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos nos dio ese sublime ejemplo.
                               


“Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron Él y sus discípulos” (S. Juan 18,1).

Jesús dejó Jerusalén. No se trataba de una partida común, seguida de un breve retorno, sino de una verdadera y profunda separación.
El Maestro amaba la Ciudad Santa, sus murallas cubiertas de gloria, el Templo del Dios vivo que en ella se elevaba, el pueblo elegido que lo habitaba. Por esto predicó la Buena Nueva con especial cariño y combatió los vicios con vigor particularmente ardiente. Pero fue rechazado. Dejaba así, la ciudad maldita.


Jerusalén vista desde el Monte de los Olivos
En el momento en que dejó la ciudad, nadie lo sintió, nadie lo supo, salvo tal vez uno que otro transeúnte que lo vio con indiferencia. Los judíos no sentían una necesidad de Jesús. Para dirigir sus almas, preferían a Anás, a Caifás y a sus congéneres. Para que alguien vele por sus intereses, les bastaba Herodes. A Pilatos lo toleraban con un mal humor resignado. Bajo el cuidado de esos pastores espirituales y temporales, podían comer, beber y divertirse cómodamente, consolando luego la conciencia con una oración y un sacrificio en el Templo. Así, todo se pasaba en medio de la modorra y el conformismo.


Para los adeptos de una vida cómoda, Jesús perturbaba la ciudad.

Jesús vendría a perturbar esa paz. Hablaría de muerte, del día del juicio, del Cielo y del infierno, sin comprender (los espíritus que rechazaban su misión así pensaban), que el siglo no soportaba prédicas como estas y que la primera obligación de un rabí (1) consistía en adaptarse a las exigencias del tiempo. Conocedor de los textos sagrados, hábil en el raciocinio, eximio en impresionar a las multitudes y en atraer a las personas hacia la intimidad de sus coloquios persuasivos, parecía empeñado en mostrar una incompatibilidad irremediable entre la Religión, de un lado y la vida despreocupada y sin frenos del otro lado. Separaba así las dos partes del arco, y tarde o temprano provocaría ruinas. Esto (dicha división) no le importaba, pues no sería sensato. Acentuando el efecto peligroso de sus palabras, practicaba milagros. Y, apoyado en el prestigio que estos le conferían, perturbaba aun mas los espíritus, enseñándoles que el camino que conduce al Cielo es estrecho, inculcando la necesidad de la pureza, de la honestidad, de la rectitud necesaria para entrar en él. Y Jesús, que predicaba la compasión no se condolía de las luchas de las almas, de los dramas de conciencia que de esa forma desencadenaba? Él, que predicaba la humildad, no reconocía la necesidad de conformarse con el ejemplo de la prudencia que los príncipes de los sacerdotes le daban?
En una ocasión, es verdad, pareció estar Jesús en la inminencia de vencer. Pero el Sanedrín actuó a tiempo. Abriendo sus arcas generosamente, envió a que sus emisarios recorriesen el pueblo, despertando prevenciones contra el insolente. Dichos emisarios eran ágiles, y supieron tocar en las cuerdas sicológicas precisas. Las posibilidades del Rabí estaban eliminadas. Jerusalén no sería suya. Pero, su muerte estaba determinada, y el pueblo la aplaudiría. Esa muerte sería un último e insignificante corolario de todo. Un pequeño episodio policial. El pequeño “caso” Jesús de Nazaret estaba cerrado. El pueblo podía entregarse nuevamente al placer, al oro, a las largas ceremonias en el Templo. Todo volverá a la normalidad. Sí, una larga despreocupación tornaba más leve el aire, en aquella noche aburrida y tranquila.
Estaba terminada la prédica de Jesús, y Él dejaba la ciudad pues en ella ya no tenía nada más por hacer. No era compatible con su perfección, asociándose a aquella tranquilidad trépida y modorrienta en que dormían las conciencias que buscó despertar. La única opción era salir. Salir, es verdad, para dejar marcado un alejamiento completo, una separación absoluta, una incompatibilidad frontal.

Jesús abandona Jerusalén, seguido por los Apóstoles

Y Jesús salió. Atrás quedaron las luces y Él entraba en las tinieblas de la noche. Atrás quedaron las alegrías de la vida, Él iba al encuentro de la desolación de los abandonados, de las angustias terribles de los que esperan la noche.

“Y dijo a sus discípulos: Quedaos aquí mientras yo voy a orar” (S. Marcos 14,32)

Llevaba consigo apenas un puñado de seguidores, pero la soledad de Jesús era mayor de lo que a primera vista parece. Los Apóstoles lo seguían, es cierto, pero con el alma llena de apego a todo cuanto dejaban en medio de terrible separación. El alma de cada de ellos ya no tenía disposición para rezar. Era el inicio de la defección, pues quien no reza está resbalando para el abismo. Rezar no podían, volver a Jerusalén no querían. Quedaron entonces “allí sentados”. Y consintieron en que el Maestro quedase sólo. Tanto pensaban en su propio dolor que olvidaron el dolor del Señor. Se dejaron aplastar por el sufrimiento. Allí sentados, luego, se quedaron dormidos, y poco después…huyeron!


Los Apóstoles no querían participar de la tristeza del Señor


La Agonía en el Huerto. F. Angélico (siglo XV) Museo de S. Marcos, Florencia, Italia


Dejar de rezar. Pensar poco en la pasión de Cristo y mucho en los propios dolores, iodo esto lleva a “sentarse” en el camino y dejar abandonado a Jesús. Luego aparecen la modorra, el sueño, y la tibieza. Y la huída no tarda en llegar…

Terrible..! Terrible lección para quienes emprendieron la extensa jornada en el camino de la perfección.

Jesús les dijo: “Orad para que no entréis en tentación” (S. Lucas, 22,40). No oraron, sucumbieron…


“Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo consigo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera” (S. Mateo, 26, 37).

Selección. Algunos estaban menos tocados por el dolor del abandono, de la derrota, de la separación total del mundo. A esos tres elegidos les dolía más vivo el sufrimiento de Jesús. Merecieron ser llamados a su lado y presenciar el inicio de los dolores infinitamente preciosos del Redentor.

Cuantos reciben el mismo llamado? La gracia los atrae para una gracia mayor, para una ortodoxia más profunda, una comprensión más exacta de la situación terrible de la Iglesia en nuestros días. Para corresponder a esas gracias, es necesario tener el coraje de participar de la tristeza de Nuestro Señor, y para esto es necesario tener un espíritu generoso, fuerte y serio.

En nuestra época: la idolatría de las bagatelas, de la televisión, etc.





Como se rechaza dicha gracia? Rechazando la tristeza de Nuestro Señor, viviendo para las bagatelas, glorificando el deporte, haciendo de la radio, de la televisión, del computador, del celular, el centro de la vida, haciendo de las vulgaridades el único tema de las conversaciones, huyendo de considerar los deberes terribles que la época actual impone y que la gravedad de los problemas suscita, para encerrarse en la “vidita” cómoda de todos los días.

Estos no reciben la adorable confidencia de los dolores del Corazón de Jesús. Son sapos que viven con el vientre pegado a la tierra y no águilas que cortan con su vuelo majestuoso lo más alto de los cielos.

Entonces les dijo:”Mi alma está en tristeza mortal: quedaos aquí y velad conmigo” (S. Mateo, 26,38)

“Mi alma está”, dijo el Salvador y no “yo estoy”. Él quiso indicar que su tormento era totalmente moral y no, por el momento, corporal. Mucho se insiste, en la Pasión, sobre los dolores del cuerpo y esto es bueno. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús vino a insistir especialmente en los dolores del alma de Cristo y esto es óptimo. Pues los dolores del alma son más profundos, más lancinantes, y más nobles que los del cuerpo. Los dolores del alma se oponen a los defectos, siendo éstos los que ofenden a Dios.


Un discípulo de Cristo no vive de las frivolidades


Y de qué sufría el alma de Cristo? De qué debemos sufrir nosotros?

De ver la voluntad del Padre Eterno violada, y Jesús, Nuestro Señor, rechazado, negado, odiado. Pensar en esto, medir la extensión y la gravedad de esto es sufrir en nosotros los dolores espirituales de Nuestro Señor.

Jesucristo y su Iglesia forman un solo todo. Cada vez que vemos en un anuncio una inmoralidad, cada vez que vemos una sentencia equivocada, una institución o una ley opuesta a la doctrina de la Iglesia, debemos sufrir. De lo contrario, si para esto no tenemos celo ni fuerzas, serviremos tan solamente para quedarnos “sentados” y huir en la hora del peligro.

“En tristeza mortal”. Esto es, en suma tristeza. La tristeza de ver la Ley de Dios violada, la Iglesia perseguida, la gloria de Divina negada debe ser en nosotros una tristeza suma, y no apenas una de esas tristezas emotivas y pasajeras como las que se desprenden de las almas frívolas e impresionables.

Una tristeza que no arranca de nosotros resoluciones serias, celo profundo, renuncia efectiva de todo para sólo vivir luchando. Un alma en “tristeza mortal” no se consuela con revistas, ropas, restaurantes, paseos, bagatelas honestas…o deshonestas..! Ella vivirá en el pesar mortal de la gloria de Dios ultrajada, encontrando un lenitivo, sólo en la vida interior y en el apostolado.


Nuestro Señor pide nuestra compasión

“Quedaos aquí”. Esto significa, no os mezcléis con los hijos perdidos de Jerusalén, ni con los tibios que duermen de aquí a pocos pasos.

“Quedaos conmigo”. Si, participad de mi soledad, de mi derrota, de mi dolor. Haced de esto vuestra gloria, vuestra alegría, vuestra riqueza.

“Y adelantándose un poco, se postró con su rostro en la tierra” (S. Mateo, 26,39).


Porqué “adelantarse un poco”, si quería que los tres Apóstoles “se quedasen junto a Él”? “Quedarse junto a Nuestro Señor” significa estar cerca de Él en espíritu, es ser solidario con Él. “Se queda” junto a Él quien está junto a la Iglesia de todo corazón, con toda el alma, con todo el entendimiento. “Se queda” junto a Nuestro Señor quien en las horas de agonía piensa en Él y no en sí mismo. “Se queda” junto a Nuestro Señor quien piensa sólo en Él y no en el mundo, en su espíritu, y en sus deleites.
Nuestro Señor se adelantó “solo un poco”, a un “tiro de piedra”, dice San Lucas (22,41). Porqué “adelantarse”? Y porqué hacerlo “un poco” apenas? Nuestro Señor quería ser visto, para mantener en la fidelidad a los tres Apóstoles escogidos, quería consolarlos y consolarse sintiéndolos cerca. Pero era menester que “Se adelantase”, pues era llegada una hora de especial gravedad. Iría a hablar con Dios, y Dios le iría a hablar. Así como en el culto judaico el sacerdote entraba solo en el Santo de los Santos, así también Nuestro Señor quiso dar a solas este primer paso de su Pasión.

Tenemos en el alma soledades santas como estas? Pináculos en los que estamos a solas con Dios y de las cuales no participa ningún confidente o amigo, ningún afecto terreno y sólo admitimos el mirar de nuestro director espiritual? O por lo contrario, somos de aquellas almas sin reservas ni nobleza, abiertas a todos los vientos, a todas las miradas, a todos los pasos, como una vulgar plaza pública?

La oración es la invencibilidad del verdadero católico


“Se postró en tierra” Humillación completa, renuncia total. Es la víctima lista para el holocausto.

Que preparación para la oración..! Cuando hablamos a Dios, previamente “nos postramos en la tierra”? Esto es nos presentamos humildes, listos para obedecer, deseosos de renunciar a todo, reconociendo que somos nada? O vamos con reservas, reticencias, condiciones, ante las cuales, Dios no nos puede pedir un sacrificio? Cuando escuchamos a la Iglesia, “nos postramos en la tierra”, renunciando a todas nuestras opiniones, a nuestras voluntades, para obedecer? Junto a aquellos quienes nos edifican, “nos postramos en la tierra” aceptando su influencia? O levantamos barreras y restricciones?

“Orando y diciendo: Padre Mío, si es posible, apartad de mí este cáliz: más, no se haga mi voluntad sino la Vuestra” (S. Mateo, 26,29).

El Calvario. Convento de la Inmaculada Concepción de Quito


Estar postrado en la tierra, mas al mismo tiempo orar..! Con el cuerpo colocado en lo que existe de más bajo, esto es, el suelo. Y subiendo hasta lo más alto de los Cielos, esto es, el trono de Dios..! En esto reside la invencibilidad del verdadero católico. En el auge de la aflicción, de la humillación, del desamparo, él aun tiene en sus manos el arma que vence todos los adversarios. Cuánto esto es verdadero en las luchas de la vida interior..! Sin recursos para encontrar el camino, o para resistir, rezamos…y terminamos venciendo. Y cuán verdadero es esto también en nuestro apostolado..! Nos causa pavor el ímpetu de la ola paganizante? Pensamos de inmediato en concesiones, con las cuales sacrificamos lo accidental por ser accidental, y lo esencial secundario por ser secundario, y finalmente lo principal…”para evitar el mal mayor”?. Si conociésemos la fuerza de la oración, si supiésemos “postrar nuestro rostro en tierra y rezar”. 

Comprenderíamos mejor la eficacia de nuestras almas espirituales, el sentido, el valor, la utilidad de la intransigencia cristiana. El Divino Salvador sufrió aquí por los pesimistas, por los desanimados, que no
tienen la noción de la fuerza triunfal de la Iglesia.


Prever el dolor, reconocer la gravedad, aceptar el sacrificio

“Apartad de mí este cáliz”. Cuál cáliz? Era el sufrimiento atroz, aplastador, injusto, que se aproximaba y que Jesús entrevía. En este paso, el Divino Maestro padeció por los que pecan de optimismo, por los que, colocados delante de la perspectiva de la lucha, de angustia, de dolor, practican la política del avestruz y piensan que “todo está bien”. Prever el dolor, prepararse corajosamente para el mismo, es de alta, altísima virtud. Y esto, ya sea en nuestra vida particular, como en la causa de la Santa Iglesia. En estos momentos en que Ella es tan combatida, no tengamos la estulticia de decir que todo está bien. Reconozcamos la gravedad de la hora actual, fijemos nuestras miradas varonil y cristianamente hacia las amenazas del futuro, con ánimo resuelto y confiado, listos para reaccionar por medio de la oración, de la lucha, y de la aceptación plena del sacrificio.

Fue ese el ejemplo que el Divino Maestro nos dio. Se apartó de todos para, frente a frente con Dios, medir en toda la extensión el océano de dolores que se venía sobre Él, y tomar la actitud necesaria delante de aquella perspectiva.

Cuál actitud? “Si fuese posible, apartad de mí este cáliz, más no se haga mi voluntad si no la Vuestra” (S. Mateo, 26,29).

Allí encontramos dos actitudes. En una, el Hombre-Dios pide que “si fuese posible” el dolor se aparte de Él. En la otra, lo acepta en caso no sea posible evitarlo.

Actitud santa, sin teatralidad ni vanagloria. El dolor causa naturalmente pavor en el hombre, y Nuestro Señor, que es no solo verdadero Dios más aun verdadero hombre, tenía pavor del dolor. Pidió pues que, “si fuese posible” sea dicho dolor apartado. Evitar el dolor es legítimo, sabio, santo. Pero, evitarlo a cualquier precio, no..!: sólo “si fuese posible”.


La civilización actual perece por falta del espíritu de sacrificio


“Si fuese posible”: qué quiere decir esto? Si delante de aquella súplica humilde de un Justo aplastado por la visión anticipada del dolor la voluntad divina pudiera mostrase exorable, apartando el sufrimiento, que así fuese. Pero, si por lo contrario, el hecho de alejar ese sufrimiento implicaba una modificación en los planos de la Providencia, con la consiguiente disminución de la gloria de Dios y del bien para la Iglesia que sería fundada y para el de las almas, entonces era mejor sufrir todo.

“Si fuese posible”… sublime condicional que el siglo actual no conoce. Y por esto el mundo entero está en crisis, en trance, en agonía. Bienes de la tierra, riqueza, gloria, salud, hermosura, todo esto es bueno en la medida en que le sobrepongamos la voluntad de Dios. Pero si es necesario renunciar a todo porque en virtud de esta o de aquella circunstancia interior o exterior “no es posible” tener estas cosas sin desagradar a Dios, entonces hagamos la renuncia completa. Si todos los hombres pensasen y sintiesen así sería otro el mundo..! Es por falta de esta condicional en la cual están contenidos todo el orden y todo el bien, que la civilización va pereciendo.

“No se haga mi voluntad si no la Vuestra”. Palabras sobre las cuales está asentada toda la vida de la Iglesia, de las almas, y de los pueblos. Palabras santas, dulces, duras, y terribles, que el hombre de hoy no quiere entender. Definición de la obediencia, de esa obediencia que desde Lutero, el mundo odia cada vez más.


Cristo flagelado. Convento de la Inmaculada Concepción de Quito


Sí, hágase la voluntad de Dios y no la mía, cumpliré los mandamientos y no seguiré mis caprichos. Obedeceré a todos los que ejercen sobre mí un legítimo poder, porque representan a Dios. Y por esto haré la voluntad de ellos, y no la mía.

Mi Jesús, cómo explicar, a la vista de esto, que aun se diga que fuiste un revolucionario y que viniste a traer a la tierra la revolución?


Jesús consolado para soportar el dolor insoportable   


Después de esto hubo un silencio. Los Evangelios no nos cuentan lo que fue respondido ni lo que Jesús dijo a esa respuesta. Para qué decirlo? Y con qué palabras? Probablemente en la tierra sólo una persona lo vio todo, lo supo todo y lo adoró todo: María Santísima, presente sin duda en espíritu en todo y participando de todo.

El tema es demasiado elevado como para que interpretemos ese silencio que ni los Evangelios quisieron romper. Pidamos a la Medianera de todas las gracias que nos inicie en el recogimiento de la vida interior y en los misterios inefables de dicho momento de silencio.

Jesús aceptó: “Entonces, se le apareció un Ángel venido del Cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra” (S. Lucas, 22, 43-44).

Comenzó entonces la Pasión. Jesús preveía el dolor y la muerte y los aceptó. La simple previsión de lo inevitable lo colocaba delante de un cúmulo de tormentos mortificante.

Y “un Ángel lo confortaba”. Sí, su humilde súplica fue escuchada. Dios, le daba fuerzas para vencer el tormento invencible, soportar el dolor insoportable, aceptar con conformidad la injusticia inaceptable.

Si comprendiéramos esto..! Los Mandamientos nos parecen por demás pesados. Ruge en nosotros el viento de los apetitos desordenados y de las tentaciones diabólicas. Si comprendiéramos que ésta es la hora de Dios, si “orásemos con mayor instancia”, si aceptáramos la visita del Ángel que nos conforta..! Sí, porque también para nosotros el Ángel viene siempre, desde que recemos. Ora, es un movimiento interior de la gracia, ora, es un buen libro, ora, un amigo que nos da un buen ejemplo o un buen consejo. Pero, nosotros no rezamos. Resultado, caemos..!


Quien reza se salva, quien no reza se condena.


En la Agonía el Ángel vino como fruto de la oración, y tras recibir su visita Nuestro Señor continuó rezando: sí, rezar más insistentemente es el gran secreto de la victoria. Quien reza se salva, quien no reza se condena, decía San Alfonso María de Ligorio. Y tenía razón..! Jesús sudó sangre. La sangre Redentora por la presión del dolor moral. Se podría decir que era la sangre del Corazón. Que magnífico tema para los devotos del Sagrado Corazón.
Sudar sangre es el extremo del dolor. Es el punto más alto de la presión del sufrimiento moral sobre el cuerpo. Se diría que Nuestro Señor estaba soportando todo cuanto podía en materia de sufrimiento. Entretanto, ni siquiera el primer paso de la Pasión estaba dado.



Presbiterio de la Iglesia de las Naciones, en Jerusalén.
En primer plano, la piedra de la Agonía, sobre la cual Nuestro Señor sudó sangre
 
Cómo explicar esta resistencia incomparable? Su martirio comenzaba justo donde el de otros llega a su auge.

Es que “un Ángel del Cielo lo confortaba” y “Él rezaba más insistentemente”.

Oh! Valor de lo sobrenatural..! Y nosotros osamos en decir que es por falta de fuerzas que capitulamos en la vida interior o en las luchas del apostolado..!


Nuestro Señor sufría, los Apóstoles dormían…y nosotros?




Tres veces dijo el Señor su “fiat” (hágase) (cfr. S. Mateo, 26, 39-44). Y después de cada “fiat” vino a donde sus discípulos. La primera vez, “los encontró durmiendo” (S. Mateo, 26, 40). Y les recomendó: “Vigilad y orad para que no entréis en tentación. El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (S. Mateo, 26, 41). Pero ellos no hicieron caso. 

Porqué? Tenían sueño. Un sueño hecho de dos excesos opuestos: de un lado, la desesperación, y del otro, la presunción.

- La desesperación: delante de la derrota humana de Jesús, los sueños de grandeza de los Apóstoles estaban desechos. Y qué les restaba? Aquellas tinieblas, aquella soledad, aquel suelo duro y vulgar en el que dormían. La carrera interrumpida, oh dolor de los dolores..! Bajo el peso de este dolor, la única cosa que encontraban para hacer era dormir. 

El sueño de la mediocridad lleva al fracaso espiritual


A medida que más se duerme, queda más pesado el sueño. Es este el proceso del desenvolvimiento de la tibieza. En la segunda ocasión, Jesús, “los encontró durmiendo porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño” (S. Mateo, 26,43). Sueño de la mediocridad, del relajamiento, de debilidad. Seguían ellos aun al Maestro? Sí y no. Sí, porque al final de cuentas allí estaban físicamente. No, porque ya no lo escuchaban. Él les hablaba y ellos desobedecían. Él sufría, ellos dormían. Era un inicio de ruptura.




Cómo se dan caídas como estas tan desastrosas? Dormir cuando Jesús habla es, para mí, estar desatento, displicente, tibio, cuando me hablan los que representan a la Santa Iglesia, los que me deben guiar por las vías de la santidad, aquellos que encarnan para mí, por su ejemplo, la ortodoxia, la generosidad, el hambre y la sed de la virtud. Cuando caigo en este sueño, qué remedio hay sino despertarme “vigilando y rezando para no caer en tentación”? Y si no lo hago cuál es el resultado?:

El fracaso en la vida espiritual y en la vocación. En la tercera ocasión, las palabras de Nuestro Señor son de censura: “Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.  Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega” (S. Mateo, 26, 45-46).

Suplicar a Nuestra Señora la gracia de la perseverancia

Era pasada la hora. Ni siquiera la súplica afectuosa y cargada de dolor los había conmovido. “No has podido velar una hora?” (S. Marcos, 14, 37)
De ahí a poco y “cuando aun hablaba Jesús, vino Judas Iscariote, uno de los doce, y con él una multitud de gente con espadas y palos” (S. Marcos, 14, 43). “Y poco después, sus discípulos, desamparándolo, huyeron todos” (S. Marcos, 14, 50).

Huyeron, sí, porque habían sido tibios, habían dormido, no habían rezado. Si 
yo Señor, no quiero huir, debo ser firme, no puedo dormir, tengo que rezar.
Dadme, Señor, esa gracia de la perseverancia, en todas las situaciones, en todos las dificultades, en todas las amarguras; esa gracia de la fidelidad en todos los abandonos, en todos los desamparos, en todas las derrotas; esa gracia de la firmeza, aun cuando todo os abandonen, oprimidos por el sueño o enloquecidos por la concupiscencia de las cosas terrenales. O entonces, mi Dios, llevadme de esta vida. Pues una cosa yo no quiero: huir..! 

Por la intercesión omnipotente de Vuestra Madre Santísima, María de El  Buen Suceso, es esta la gracia de la perseverancia que os pido Señor Jesús. Amén.




Notas:
Título original del artículo:
- “Pater, non mea voluntas, sed tua fiat” (Catolicismo No. 40, Abril- 1954), www.catolicismo.com.br
- La invocación final a Nuestra de El Buen Suceso fue insertada en el texto por la redacción de este blog y no hace parte del artículo original.
- 1.- Del hebreo Rabbi, trato respetuoso. Rabino (Doctor de la ley judaica o sacerdote del culto judaico)