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Bodas de Plata de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de El Buen Suceso

El maravilloso y singular privilegio de la Inmaculada Concepción.- “Potuit, decuit, ergo fecit” : Dios podía hacerlo, convenía que lo haga, y terminó haciéndolo





      El hombre fue creado “a imagen y semejanza (de Dios)” (Gén. 1, 26), en estado de gracia e inocencia, de justicia y santidad, recibiendo el don de la inmortalidad, y participando así de  la propia naturaleza divina. Pero desobedeciendo al Creador terminó esclavizado al demonio, siendo expulsado del paraíso y perdiendo los dones sobrenaturales que poseía, a partir de lo cual todos sus descendientes quedamos manchados, heredamos los efectos del pecado original, con el cual nacemos: la inteligencia humana se volvió sujeta a errar, la voluntad quedó expuesta a desfallecimientos, la sensibilidad quedó presa de las pasiones desarregladas, el cuerpo por así decirlo fue puesto en estado de rebeldía contra el alma.

     Y a fin de que se opere la salvación del género humano, se hacía necesaria una reparación. De qué forma? Mediante la Encarnación del Hijo unigénito de Dios que nacería de una Virgen.

     Pero, siendo que todos los seres humanos - sin excepción – vienen al mundo con la mancha original, María Santísima, en su calidad de Madre de Dios, habría sido aun apenas por un instante, manchada por el pecado? por tanto esclavizada al demonio? O podía Dios pre redimirla desde el primer instante de su existencia, creándola en estado de inocencia original, quedando por tanto preservada de cualquier concupiscencia (de cualquier tendencia hacia el mal), que es derivada de la mancha dejada por el pecado original? Convenía esto a los planes del Divino Creador?


 “Potuit, decuit, ergo fecit”


     Dios podía hacerlo, convenía que lo hiciera, y terminó haciéndolo.


     Con este célebre axioma, el beato franciscano escocés Juan Duns Scoto (1265 – 1308),  venerado como santo en vida, sin mediar canonización, concluía su exposición, en defensa de la Inmaculada Concepción, en la Universidad de París. Fue considerado un triunfo brillante el hecho de haber sintetizado el beato - conocido como el “Doctor Sutil" debido a las sutilezas de sus análisis - en la sentencia anterior, las razones de aquel privilegio de Nuestra Señora.  Dios Todopoderoso podía crear a la Santísima Virgen libre del pecado. Él ciertamente quería hacerlo, pues convenía a la altísima dignidad de Aquella que sería la Madre del Divino Salvador, que Ella se mantenga exenta de toda mancha; por tanto, Dios le concedió tal privilegio. He ahí el maravilloso y singular privilegio de la Inmaculada Concepción.

     Por ende, no es creíble que Dios Padre omnipotente, pudiendo crear un ser en perfecta santidad y en la plenitud de la inocencia, no hiciese uso de su poder a favor de la Madre de su Divino Hijo.

     El Dr. Plinio Corrêa de Oliveira resaltaría así la Inmaculada Concepción con la que fue honrada la Santísima Virgen:

     “Por todo esto, la Inmaculada Virgen María, Madre del Divino Niño, concebida sin pecado original, es la obra maestra de Dios,  superior a todo cuanto fue creado, con la única excepción de la Santísima Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, alcanzando Aquella criatura bellísima la más alta personalidad femenina de todos los siglos”. 
   
      “Todo en Ella era armonía profunda, perfecta, imperturbable. El intelecto jamás expuesto al error, dotado de un entendimiento, una claridad, una agilidad inexpresable, iluminado por las gracias más altas, con un conocimiento admirable de las cosas del Cielo y de la Tierra. Con una voluntad naturalmente tan perfecta, dócil en todo al intelecto, vuelta enteramente hacia el bien y que gobernaba plenamente la sensibilidad, ésta tan irreprensible, que jamás pedía a la voluntad algo que no fuese plenamente justo y conforme a la razón. Ambas, voluntad y sensibilidad, super enriquecidas de gracias inefables, perfectamente correspondidas en todo momento. Con todo esto, ni siquiera se es capaz de formarse una idea de lo que es la Santísima Virgen”.

Nuestra Señora de El Buen Suceso y la Inmaculada Concepción


Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito


     La proclamación del dogma del singular privilegio de la Inmaculada Concepción resonó con un aplauso entusiasmado entre los católicos de toda la Tierra, pues sería por fin definido como verdad de Fe aquello en lo que incontables santos, teólogos y fieles en general siempre creyeron desde el inicio del cristianismo, y a lo largo de todos los siglos.

     La propia Santísima Virgen lo había anunciado en Quito con anticipación:

     El día 2 de Febrero de 1634, la Sierva de Dios, Madre Mariana de Jesús Torres, una de las fundadoras del Real Monasterio de la Inmaculada Concepción, el primero de dicha orden en dichas tierras y en las Américas, rezaba en el Coro Alto del convento, por las necesidades de la Iglesia, de su comunidad, y por el Ecuador naciente. De repente quedó sin sentidos.

     Y en medio de una visión, pudo ver cómo fue preservada la Santísima Virgen de la culpa del pecado original desde el primer instante de su ser, y cómo Ella correspondía perfectamente y a cada instante a la gracia santificante que le fue otorgada insondablemente en abundancia y sin precedentes.

     En seguida, se le apareció la Reina de los Cielos, en su Advocación de María de El Buen Suceso, y colocó al Niño Jesús que traía consigo, en brazos de la Madre Mariana, quien lo recibió con presteza inimaginable y con gusto inefable.

    Entonces, el Divino Infante, en brazos de la Religiosa, en medio de tiernos afectos le dice:

   “El Dogma de la Inmaculada Concepción de mi Santísima Madre será proclamado cuando más combatida esté la Iglesia y se encuentre cautivo mi Vicario”

   Esta previsión se cumpliría, al pie de la letra, 220 años después..!!!

    Considerado un triunfo sobre el liberalismo y el escepticismo que corroían la civilización cristiana, el dogma de la Inmaculada Concepción sería proclamado a mediados del siglo XIX en medio de revoluciones anticatólicas en varias partes del mundo, y que habían forzado al Papa Pio IX a refugiarse durante nueve meses en la ciudad marítima de Gaeta tras la proclamación en el año de 1848 de la "República Romana".

     Así, el día 8 de diciembre de 1854, el Bienaventurado Papa IX, Inmerso en una situación transcendental que amenazaba vulnerar los derechos del Vicario de Cristo y de la Santa Sede y fundamentado en la Sagrada Escritura y en el testimonio constante de la Tradición (la transmisión oral pasada de generación en generación), y por virtud del Magisterio infalible, declaraba ser de revelación divina que María Santísima fue totalmente exenta del pecado original, desde el primer instante de su concepción, consignado como está en la Bula Ineffabilis Deus.  

      
El Beato Pio IX proclamando el Dogma de la Inmaculada Concepción

     El día de aquella solemne proclamación, fue de incomparable alegría y jamás será olvidado, debe por tanto recordárselo siempre para honra y gloria de la obra maestra de la creación, la Madre purísima del Divino Infante. Las palabras del Dr. Plinio van dirigidas en ese sentido:     

     “Considerado en sí mismo, el dogma de la Inmaculada Concepción continúa chocando con el espíritu esencialmente igualitario de la Revolución que, desde 1789, ha reinado despóticamente en el mundo. El ver a una simple criatura tan elevada sobre los otros por un inestimable privilegio concedido a ella en el primer momento de su existencia, así como su continua correspondencia al bien y su inclaudicable adversidad hacia el mal, no puede dejar de herir a los hijos de la Revolución que proclaman la absoluta igualdad entre los hombres como el principio de todo orden, justicia y bien".

    "Nuestra Señora es principalmente modelo de las almas que rezan y se santifican, la estrella polar de toda meditación y vida interior. Pues, dotada de una virtud inmaculada, Ella hizo siempre lo que era más razonable, y si nunca sintió en sí las agitaciones y los desórdenes de las almas que sólo aman la acción y la agitación, nunca experimentó en sí, tampoco, las apatías y las negligencias de las almas flojas que hacen de la vida interior un cortaviento a fin de disfrazar su indiferencia por la causa de la Iglesia".

     Precisamente estas y otras innumerables virtudes se ven reflejadas en la Portentosa Imagen de Nuestra Señora de El Buen Suceso

     "Imitemos pues, el ejemplo de Ella, que sólo se puede imitar con Su propio auxilio. Y el auxilio de Nuestra Señora, sólo se puede conseguir con la devoción a Ella. Pues bien, no hay  mejor forma de devoción a María Santísima de El Buen Suceso que pedirle, no sólo el amor de Dios y el odio al demonio, sino aquella santa entereza en el amor al bien y en el odio al mal, en una palabra, aquella santa intransigencia que tanto resplandece en su Inmaculada Concepción".


Procesión por los Claustros de las Religiosas Concepcionistas de Quito





    Una atmósfera de santidad apacible que nacía de la augusta Reina y Milagrosa Imagen de Nuestra Señora de El Buen Suceso, se irradiaba por el templo, cuatro veces centenar, del Quito colonial.

    La multitud de almas piadosas, con veneración se acercaban a implorar favores y despedirse de la Reina del Cielo que en pocos momentos sería transportada al coro alto del Monasterio, a ocupar su trono de Abadesa.




    Una mezcla de espíritu de recogimiento y serena confianza, fruto de la certeza de que la excelsa Reina siempre escucha nuestras plegarias, flotaba en el ambiente.

    La Santa Misa, celebrada en latín por un piadoso sacerdote según el rito Tridentino, era seguida con veneración por la multitud de los fieles.




     Finalmente, mientras las religiosas concepcionistas entonaban dentro de la clausura:

"...Salve, Salve Gran Señora
    Salve Poderosa Madre,
    Salve Emperatriz del Cielo,
    Hija del Eterno Padre..."

     ...se daba inicio al traslado hasta el Coro alto del Convento, de la Venerable Imagen, realizado por los Devotos de la Virgen del Buen Suceso, hijos de Plinio Corrêa de Olliveira, con el acompañamiento de los cantos por parte de los fieles desde la Iglesia a los Claustros del Convento.




     Y así, aquel buen y verdadero pueblo de Dios, que asistía a venerar a la Celestial Señora, ponía sus esperanzas en los favores del Cielo, y despedía a su Reina, que volverá a ser vista para la fiesta de La Candelaria, el día 2 de Febrero.




¡Oh! María de El Buen Suceso
Estrella del mar proceloso de mi vida mortal,
Alumbradme con Vuestra Luz para no errar
En el camino que al Cielo me conduce. 


  

Septiembre de 1610: primeras cinceladas de la Maravillosa Imagen de Nuestra Señora de El Buen Suceso





La Santísima Virgen insiste en la elaboración de la Imagen



La Madre Mariana temía que la población indígena de Quito, recientemente catequizada y aún con inclinaciones idolatras ofreciera la reverencia incorrecta a una representación tan magnífica de la Madre del Dios.

El 2 de febrero de 1610, arrodillada ante el Santísimo Sacramento y mientras rezaba sus acostumbradas oraciones de la noche, de repente sintió su corazón saltar de alegría en su interior.

En un instante se encontró ante la Reina del Cielo, Quien se hallaba cubierta de luces que resplandecían intensamente dentro de un marco oval de estrellas que brillaban tenuemente. Notó entonces que Nuestra Señora la vía con cierta severidad y sin decir una palabra.

La Madre Mariana rogó a la Celestial Reina que no la mirara de esa forma y le prometió realizar todo lo que Ella le ordene aunque le cueste su vida.

La Divina Señora entonces la reprendió pacientemente, preguntándole porqué dudó y temió a pesar de saber que Ella es una poderosa Reina. Le aseguró que no habría peligro de idolatría. Más por el contrario, esta imagen no sólo sería necesaria para el convento sino también para la gente en general a través de los siglos.

Entonces la Santísima Virgen escogió al artista que debía realizar esta santa tarea. Sería Don Francisco de la Cruz del Castillo, hombre de buena familia y un escultor consumado, temeroso de Dios, honesto y vertical con su esposa e hijos, gobernando su hogar guiado por los diez mandamientos. A este hombre piadoso, tendría la Madre Mariana que indicarle los pormenores físicos de la Reina del Cielo, a quien veía con sus propios ojos. Creyéndose incapaz de ello, la Sierva de Dios se dirigió a Nuestra Señora diciéndole:

“Pero Señora, Madre Querida de mi alma, yo, insignificante criatura, jamás podré describir vuestra hermosa figura a artista alguno…. Realmente sería necesario que uno de los arcángeles elabore esta Santa Imagen que vos deseáis”.

La celestial Reina calmó su preocupación asegurándole que Francisco del Castillo la esculpiría y sus ángeles le darían el toque final.


El insigne escultor


Convento de la Inmaculada Concepción de Quito

Hay secretos que Dios solo guarda para quienes son puros…
    
Mandado a llamar por la santa Fundadora el día 5 de Febrero de 1610, se presentó don Francisco del Castillo sin demora poniéndose de inmediato a las órdenes del Convento de la Inmaculada Concepción.

“Teniendo conocimiento de que es usted primero un buen católico y después un muy diestro escultor – le indicó la Madre Mariana- deseo encargar en sus hábiles manos un trabajo que requiere de especial dedicación…

“Es nuestro deseo hacer entallar una Imagen de la Santísima Virgen bajo la tan consoladora advocación de El Buen Suceso y no será una Imagen cualquiera, deberá tener vida, con rasgos celestiales muy parecidos a los de la Celestial Reina que habita en los Cielos. Yo misma le proporcionaré las medidas exactas de Nuestra Augusta Madre.

Al escuchar las indicaciones de la Venerable Abadesa, el escultor se vio embargado de sentimientos indecibles de amor a Dios y a Nuestra Señora y se  vio deseoso de prestar sus mejores servicios lo más pronto posible.

Nacido en Valladolid y de familia noble, don Francisco residía en Quito junto con su esposa, doña María Javiera Paredes.

Dios había premiado las virtudes de esta matrimonio con tres hijos: María, la mayor, que ingresó como Religiosa al Convento de las Concepcionistas de Quito luego de la confección y consagración de la Sagrada Imagen por parte del Obispo.

El hijo intermedio, Francisco, ingresó a la orden franciscana. De ferviente devoción a Jesús Sacramentado y a la Inmaculada Concepción, fue enviado a uno de los Conventos de España, sobresaliendo con sus prédicas y su connotada virtud.

Manuel, el hijo menor, contrajo matrimonio con una quiteña de noble linaje, trayendo consigo la descendencia de la familia “Del Castillo” existente hasta hoy.

Luego de la Madre Mariana exponer su pedido, el escultor le respondió lleno de entusiasmo:

“Su Reverencia! algo sucede conmigo y no sé qué es. La he escuchado atentamente e intuyo que usted tiene conocimiento de algún secreto divino, caso contrario no se explica el fuego que encierran sus palabras. He recibido innumerables encargos de obras pero jamás he sentido lo que ahora siento al recibir vuestro pedido, del cual me considero dichoso y a la vez agradecido por haber sido de entre algunos, elegido. Cuente con mi mayor esfuerzo, y para realización de esta obra extraordinaria me comprometo en conseguir la más especial de las maderas pues esta Imagen deberá, de ser posible, durar hasta el fin del mundo.

“Pero –prosiguió el escultor- qué hay de las facciones celestiales? eso si me será imposible! Qué escultor podrá plasmar en un trozo de madera la indescriptible belleza de la Soberana Reina? Será para esto necesario el concurso de los Santos Ángeles…!”

Una vez concluidos sus trabajos de pedidos anteriores, el escultor salió de Quito en procura de la madera, la que luego de una intensa búsqueda trajo consigo a fines de Agosto de 1610. Siendo interrogado por la Madre Mariana y demás Fundadoras por el precio de la obra, muy afectuosamente les respondió:

“Sus Reverencias! Yo ya estoy muy bien remunerado, incluso en demasía. Fui  yo y no otro el escogido para realizar esta Sagrada encomienda. Solo les ruego me conserven junto con mi familia por siempre en sus oraciones y que éstas se perpetúen en sus sucesoras tal como se perpetuará la Santa Imagen cuya escultura en breve daré inicio”.

Para esto, la Madre Mariana y las Fundadoras convinieron pedir al Obispo la licencia correspondiente para que la Imagen fuese elaborada en el Coro Alto pues era en ese bendito lugar donde se había aparecido Nuestra Señora y por haber sido el mismo escogido por Ella para desde allí gobernar el Convento. El Obispo, Mons. Salvador de Rivera, aceptó gustosamente ofreciendo incluso como donación las llaves de oro que debían ser colocadas en la mano derecha de la Imagen el día de su consagración.


Comienza la elaboración de la Portentosa Imagen





Así, luego de confesarse y de recibir la Santa Comunión en la Iglesia de la Inmaculada Concepción, pidiendo a Dios la Luz y  la Gracia necesarias para realizar la mejor de sus obras, el devoto escultor comenzaba su bendita labor en la mañana del día 15 de Septiembre de 1610.

Sus jornadas de trabajo convergían en un fervor reinante entre las Religiosas Concepcionistas, quienes quedaban absortas ante la dedicación, envuelta en la sacralidad y en el silencio del escultor español, por un lado, y de la quietud de alma de la Madre Mariana, por otro, que traspasaba las esferas de este mundo y que con palabras y gestos propios de los ángeles, le indicaba las facciones y las posturas con que debía ser entallada la Sagrada Imagen.  Las monjas, incluso se prestaban para ayudar en lo que don Francisco necesitara, ora alcanzándole alguna herramienta, ora levantando algún trozo de madera, mismo aun ignorando por completo la razón de ser de la Imagen en confección, que tan solo las Madres Fundadoras, a través de los relatos hechos por la Madre Mariana, conocían. El propio Prelado se hacía presente con frecuencia en el Coro para visualizar el trabajo de don Francisco pidiendo a las Madres rezaren con entusiasmo para el feliz suceso de la obra.

DON GABRIEL GARCÍA MORENO: UN PRESIDENTE VERDADERAMENTE CATÓLICO






El Presidente Mártir y defensor de la Fe, asesinado en ejercicio de la Presidencia de la República, el 6 de Agosto de 1.875. Hombre público de gran piedad y gran amor a la Santa Iglesia Católica y al Papado, dio ejemplo de la instauración de todas las cosas en Cristo, preocupándose por la implantación de su Reinado Social y Político.

Como Presidente de la República, Consagró el Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús, moralizó la Nación y sus instituciones, fortaleció el catolicismo de su pueblo y generó gran prosperidad material para todo el país.

García Moreno no se intimidaba cuando estaban en juego los principios de la Religión y los derechos de Dios, recurriendo incluso al uso de las armas, de ser necesario.

Fue el único Jefe de Estado en el mundo que apoyó al Bienaventurado Papa Pío IX cuando las fuerzas anticatólicas invadieron los Estados Pontificios.

En carta al Sumo Pontífice Pío IX, dijo:

"Qué fortuna para mí, la de ser aborrecido y calumniado por causa de Nuestro Redentor y qué felicidad tan grande sería la mía si vuestra bendición me alcanzara del Cielo el derramar mi sangre por El" (Cfr. carta a Pío IX en Agosto de 1.875).

Martirizado por odio a la Fe, entregó su alma el 6 de Agosto de 1875 a los pies del altar de Nuestra Señora de los Dolores, en la Catedral Metropolitana de Quito, advocación a la cual tributaba gran devoción. La Patria quedó enlutada y el pueblo, huérfano de un verdadero Padre.

Su último gesto fue una profesión de Fe: ya en el suelo ensangrentado pronunció su frase célebre: ¡"DIOS NO MUERE"!




El más grandioso portento de la Santísima Virgen de El Buen Suceso en tierras ecuatorianas: "el Milagro del 41"






¨De María nunquam satis¨


    De María nunca se dirá lo suficiente.  Esta es una afirmación de San Bernardo, repetida por muchos mariólogos a lo largo de los siglos.

    Por más que se hable de la Santísima Virgen, esto jamás bastará, siempre habrá maravillas para hablar de Ella. Son tantos y tan bellos los aspectos de su grandeza y de sus sublimes virtudes, que nunca podrán agotarse las reflexiones sobre Aquella que excede  a todos los ángeles y santos. 

    Indiscutiblemente, es fundamental que esto sea así, pues Ella fue escogida para ser la más admirable de las meras criaturas, la obra magna de la creación, y escogida para ser la digna Madre de Dios!

    En estos tiempos de tecnologías y de frenesís ilimitados, existen algunas verdades olvidadas (a veces, culpablemente olvidadas), incluso muchas de ellas cercadas por impresionantes campañas de silen­cio, relegadas a los más duros aislamientos y a los más crueles de los abandonos.
    
    A un ostracismo precisamente fue condenada la que sin lugar a dudas, representa la más grandiosa manifestación de la Santísima Virgen en el continente americano en los últimos siglos, bajo la Profética Advocación de Nuestra Señora de El Buen Suceso.

   Con motivo de celebrarse setenta años del  ¨Milagro del 41¨, y con el propósito de realzar y de colocar en el sitio que se merece tan inefable portento de la Reina de los Cielos, una reseña sobre la misma es lo que presentamos a continuación.

   La Imagen de Nuestra Señora de El Buen Suceso ha protegido el Convento de la Inmaculada Concepción de Quito, en donde se encuentra, a lo largo de los siglos, y ha sido instrumento de continuas gracias para la protección del Ecuador y de sus habitantes.

    Con su Báculo Pastoral, quiso llamarse de esa forma para gobernarnos siempre con buenos sucesos en todas las peticiones que le hiciéramos, tanto en el orden espiritual como en el orden temporal, convirtiéndose sin ninguna duda en la Soberana del Ecuador. Y con el fin de que su milagrosa Imagen fuese conocida en todo el país y el mundo,  la Santísima Virgen realizaría el más extraordinario acontecimiento del siglo veinte en estas tierras.

    Había invadido el Perú en el año de 1941, territorio ecuatoriano, y ante esta emergencia el Arzobispo de Quito ordenó rezar Triduos en honor a las diversas advocaciones de la Santísima Virgen en las diferentes iglesias de Quito implorando el cese de hostilidades.

   El 24 de Julio se dio comienzo en la Iglesia de la Inmaculada Concepción al Triduo en honor a Nuestra Señora de El Buen Suceso. Tres días después, el Ecuador entero asistiría a la insigne predilección que por el mismo la Virgen ostenta.

    A partir de las siete de la mañana del domingo 27 de Julio de 1941, la imagen abrió y cerró sus ojos continuamente, su rostro tomó primeramente un color rojizo, luego otro similar al mármol. Una especie de neblina cubría la imagen y luego de desaparecer, dejaría verla en medio de un resplandor sobrenatural.

   Sus ojos que, en posición normal los tiene hacia abajo, los levantaría poco a poco hasta quedar mirando al Cielo en actitud de súplica y posarlos luego, repetidamente sobre lo fieles.


Diario El Comercio, Quito, 28 de Julio de 1941



  Al correrse la noticia, miles de fieles invadieron el templo para, maravillados, contemplar tan grande portento, quedando los acontecimientos internacionales de enorme magnitud relegados a segundo plano.

   Los maternales parpadeos de la Sagrada Imagen se darían durante todo aquel bendito día y durarían hasta las tres de la madrugada del siguiente. A las diez de la mañana del mismo día 27 se verificaba lo que luego se llamaría “el milagro del 41” siendo presenciado por treinta mil personas. En la tarde del mismo día, los diarios anunciaban el cese de hostilidades del Perú contra nuestra Patria


  El día 28 de Julio y durante algunos días posteriores, las noticias relatando el maravilloso acontecimiento aparecían en los diversos diarios del territorio ecuatoriano. Así:

Diario El Comercio,  28-29 de Julio, y 2 Agosto/1941
Diario El Universo,                    28 de Julio de 1941
Diario El Telégrafo,                    28 de Julio de 1941
Diario Ultimas Noticias,              28 de Julio de 1941
Diario El Debate (Vespertino)   27, 28, 29 Julio/1941
Diario la Sociedad,                   3 de Agosto de 1941
Diario la Voz Obrera,              10 de Agosto de 1941
Diario La Voz Católica de Loja, 5 y 12 de Octubre de 1941



    “Esta devoción será el pararrayo colocado entre la Justicia Divina y el mundo prevaricador, para impedir que se descargue sobre esta tierra culpable el formidable castigo que merece” 
    
    Delante del castigo provocado por los pecados del mundo actual, y para obtener la conversión de los hombres, y  ayudarnos a caminar en medio de las hecatombes que tan gravemente nos amenazan ¿qué podemos hacer? Nuestra Señora nos lo indica: el aumento en el fervor en la devoción a Ella, la oración, la penitencia”



Diario El Comercio, Quito, 29 de Julio de 1941


    Pasaron setenta años desde que Nuestra Señora de El Buen Suceso dispensara sus misericordias de manera tan maravillosa, apartando del panorama internacional el peligro de la guerra. No obstante, en el Ecuador, - y evidentemente en todo el mundo - no se dio otra cosa sino la acentuación pavorosa de la impenitencia y de la apostasía, lo que conduce a temer que el castigo divino se vaya haciendo cada vez más inevitable.

    Hoy, el mundo entero gime en las tinieblas y en el dolor, precisamente como el hijo pródigo cuando llegó a lo último de la vergüenza y de la miseria, lejos del hogar paterno.

   La equiparación gradual de los sexos rumbo a la igualdad absoluta y el libertinaje completo. La aceptación de la más agresiva pornografía en la TV, en los diarios, revistas, cines, teatros, internet; -el uso de trajes extravagantes tanto por hombres y mujeres; las prácticas contra la finalidad del sacramento del matrimonio, y la matanza de los inocentes; la legalización del divorcio y de las uniones homosexuales son hechos, entre muchos otros, a la vista de cualquier persona en la vida cotidiana, que levantan la interrogante: vivimos los días del inminente triunfo de la iniquidad?

    La vista de tantos crímenes sugiere naturalmente la idea de la venganza divina, y cuando miramos para este mundo pecador, gimiendo en las torturas de mil crisis y de mil angustias, y que a pesar de eso no se penitencia; cuando consideramos los terribles progresos del neo paganismo, que está en las vísperas de ascender como gobierno de la humanidad entera; cuando vemos, por fin, la pusilanimidad, la imprevisión, la desunión de aquellos que aún no se pasaron para el mal, nuestro espíritu se llena de pavor en la previsión de las catástrofes que acumula sobre sí misma, los día de la impiedad están contados .

                                              
    Si Dios dejase actuar exclusivamente su justicia, cabe preguntarse si el mundo habría llegado hasta el presente siglo. Pero, como Dios no es solamente justo, sino también misericordioso, no se cerró aún para nosotros la puerta de la salvación. Una humanidad perseverante en su impiedad tiene todo para esperar de los rigores de Dios. Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, no quiere la muerte de esta humanidad pecadora, pero sí ‘que ella se convierta y viva’. Y, por esto, su gracia procura insistentemente a todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y vuelvan para el aprisco del Buen Pastor.
          


Diario El Universo, 28 de Julio de 1941


     Si no hay catástrofe que no deba temer una humanidad impenitente, no hay misericordias que no pueda esperar una humanidad arrepentida. Y para tanto no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora. Basta que el pecador, aunque esté en el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple comienzo de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, que él encontrará inmediatamente el socorro de Dios, que nunca se olvidó de él.
         
   Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divina deben ser constantemente puestas delante de los ojos del hombre contemporáneo. De la justicia, para que él no suponga temerariamente salvarse sin méritos. De la misericordia, para que no desespere de su salvación, desde que desee enmendarse.

   Y así como en Quito en 1941, Nuestra Señora de El Buen Suceso ha alcanzado continuamente para nosotros los más estupendos milagros. ¿Tienen fin las misericordias de una Madre, y de la mejor de las madres? ¿Quién osaría a afirmarlo? Si alguien dudase, el Milagro del 41 le serviría de admirable lección de confianza. La Virgen nos ha de socorrer. En realidad Ella ya comenzó a socorrernos. En el mismo momento en que la impiedad parece triunfar hay algo de frustrado en su aparente victoria. Los días del dominio de la impiedad están contados. El Milagro del 41 nos invita a la confianza en María Santisima de El Buen Suceso.
           
   Más allá de las tinieblas, y de los castigos, para los cuales caminamos, tenemos ante nosotros las claridades. Si, son las claridades sacrales de la aurora bendita del Reino de María: 

   “Destronaré al soberbio Satanás, encadenándole en el abismo infernal, dejando por fin libre a la Iglesia y a la Patria de esa cruel tiranía”.

   Es una perspectiva grandiosa de universal victoria del Corazón regio y maternal de la Santísima Virgen. Es una promesa apaciguadora, atrayente y sobre todo majestuosa y que entusiasma.

        

Medición de la Santísima Virgen





La Madre Mariana al recibir el encargo de la Santísima Virgen de mandar a elaborar la imagen desconocía el tamaño en que debía ser entallada.  Sintiéndose por esto afligida le dijo a la Reina del Cielo:

Cuadro de la Medición de la Santísima Virgen
“Linda Señora, mi Madre Querida, debo atreverme a tocar Vuestra frente Divina, cuando ni los Ángeles pueden hacerlo?"


“Vos sois el Arca viva de la Alianza entre los pobres mortales y Dios, y si Osa sólo por el hecho de haber tocado el Arca Santa para evitar que rodase al suelo, cayó muerto, cuánto más yo ! mujer pobre y débil".

Nuestra Señora le respondió:

“No temáis por ello. Me alegra tu recelo y veo el amor ardiente a tu Madre del Cielo que te habla; medid vos misma mi estatura con el cordón que traes en tu cintura".

Cogió entonces Nuestra Señora una punta del cordón colocándola en su propia frente, mientras Sor Marianita aplicaba el otro extremo sobre los sagrados pies de la Santísima Virgen obteniendo así la medida exacta de la Madre de Dios, esto es 5 pies, 12 pulgadas.


Las dificultades continúan


Los inconvenientes estaban lejos de desaparecer en el Convento de la Inmaculada Concepción. Estimuladas siempre por el demonio que había hecho la promesa de destruir esa santa Casa, el mismo grupo de monjas rebeldes trazaron un plan para lograr su fin.

Llegó otra vez el tiempo de una nueva elección para Superiora. El elemento revolucionario levantó tanto la fricción que después de muchas sesiones, ninguna decisión fue tomada. El propio Obispo tuvo que intervenir y presidir la nueva elección.

Cegada por la envidia y el odio, la líder de la rebelión, una monja de contextura gruesa, de baja estatura y tez morena conocida como “la Capitana” solicitó el puesto de Priora para sí misma mientras que insultaba y se revelaba contra la Madre Mariana y las demás fundadoras españolas. También pedía el regreso de éstas a España.

Esto resultó ser un error fatal para las insubordinadas, pues el Obispo veía entonces claramente con quién estaba tratando. Indignado, pidió a “La Capitana” que se retire y ordenó que sea inmediatamente encerrada en la misma prisión donde anteriormente sus víctimas inocentes tanto habían sufrido. En cuanto a las otras rebeldes, les revocó su derecho de votar y ordenó que realicen el trabajo más extenuado del Convento. De resistirse, irían a la prisión junto con su líder. Además fueron expulsadas del cuarto de votación.

Finalmente, eligieron una vez más a la Madre Valenzuela como Priora .

VIGILAD Y ORAD: "Quien reza se salva; quien no reza se condena"



“Padre no se haga mi voluntad, sino la Vuestra”

La Oración en el Huerto. F. Angélico (siglo XV) Museo de San Marcos, Florencia, Italia


Transcribimos a continuación un artículo del Profesor Plinio Corrèa de Oliveira, publicado en la revista brasileña Catolicismo, en Abril de 1954. Transcurridos más de 50 años de su publicación, el siguiente texto conserva hoy una impresionante actualidad para los días trágicos de nuestra época. El autor resalta que en las ocasiones especialmente difíciles en las que las fuerzas parecieran faltarnos, debemos elevar nuestros corazones a Dios, y rezar, con la certeza confiada de que las gracias no nos faltarán. Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos nos dio ese sublime ejemplo.
                               


“Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron Él y sus discípulos” (S. Juan 18,1).

Jesús dejó Jerusalén. No se trataba de una partida común, seguida de un breve retorno, sino de una verdadera y profunda separación.
El Maestro amaba la Ciudad Santa, sus murallas cubiertas de gloria, el Templo del Dios vivo que en ella se elevaba, el pueblo elegido que lo habitaba. Por esto predicó la Buena Nueva con especial cariño y combatió los vicios con vigor particularmente ardiente. Pero fue rechazado. Dejaba así, la ciudad maldita.


Jerusalén vista desde el Monte de los Olivos
En el momento en que dejó la ciudad, nadie lo sintió, nadie lo supo, salvo tal vez uno que otro transeúnte que lo vio con indiferencia. Los judíos no sentían una necesidad de Jesús. Para dirigir sus almas, preferían a Anás, a Caifás y a sus congéneres. Para que alguien vele por sus intereses, les bastaba Herodes. A Pilatos lo toleraban con un mal humor resignado. Bajo el cuidado de esos pastores espirituales y temporales, podían comer, beber y divertirse cómodamente, consolando luego la conciencia con una oración y un sacrificio en el Templo. Así, todo se pasaba en medio de la modorra y el conformismo.


Para los adeptos de una vida cómoda, Jesús perturbaba la ciudad.

Jesús vendría a perturbar esa paz. Hablaría de muerte, del día del juicio, del Cielo y del infierno, sin comprender (los espíritus que rechazaban su misión así pensaban), que el siglo no soportaba prédicas como estas y que la primera obligación de un rabí (1) consistía en adaptarse a las exigencias del tiempo. Conocedor de los textos sagrados, hábil en el raciocinio, eximio en impresionar a las multitudes y en atraer a las personas hacia la intimidad de sus coloquios persuasivos, parecía empeñado en mostrar una incompatibilidad irremediable entre la Religión, de un lado y la vida despreocupada y sin frenos del otro lado. Separaba así las dos partes del arco, y tarde o temprano provocaría ruinas. Esto (dicha división) no le importaba, pues no sería sensato. Acentuando el efecto peligroso de sus palabras, practicaba milagros. Y, apoyado en el prestigio que estos le conferían, perturbaba aun mas los espíritus, enseñándoles que el camino que conduce al Cielo es estrecho, inculcando la necesidad de la pureza, de la honestidad, de la rectitud necesaria para entrar en él. Y Jesús, que predicaba la compasión no se condolía de las luchas de las almas, de los dramas de conciencia que de esa forma desencadenaba? Él, que predicaba la humildad, no reconocía la necesidad de conformarse con el ejemplo de la prudencia que los príncipes de los sacerdotes le daban?
En una ocasión, es verdad, pareció estar Jesús en la inminencia de vencer. Pero el Sanedrín actuó a tiempo. Abriendo sus arcas generosamente, envió a que sus emisarios recorriesen el pueblo, despertando prevenciones contra el insolente. Dichos emisarios eran ágiles, y supieron tocar en las cuerdas sicológicas precisas. Las posibilidades del Rabí estaban eliminadas. Jerusalén no sería suya. Pero, su muerte estaba determinada, y el pueblo la aplaudiría. Esa muerte sería un último e insignificante corolario de todo. Un pequeño episodio policial. El pequeño “caso” Jesús de Nazaret estaba cerrado. El pueblo podía entregarse nuevamente al placer, al oro, a las largas ceremonias en el Templo. Todo volverá a la normalidad. Sí, una larga despreocupación tornaba más leve el aire, en aquella noche aburrida y tranquila.
Estaba terminada la prédica de Jesús, y Él dejaba la ciudad pues en ella ya no tenía nada más por hacer. No era compatible con su perfección, asociándose a aquella tranquilidad trépida y modorrienta en que dormían las conciencias que buscó despertar. La única opción era salir. Salir, es verdad, para dejar marcado un alejamiento completo, una separación absoluta, una incompatibilidad frontal.

Jesús abandona Jerusalén, seguido por los Apóstoles

Y Jesús salió. Atrás quedaron las luces y Él entraba en las tinieblas de la noche. Atrás quedaron las alegrías de la vida, Él iba al encuentro de la desolación de los abandonados, de las angustias terribles de los que esperan la noche.

“Y dijo a sus discípulos: Quedaos aquí mientras yo voy a orar” (S. Marcos 14,32)

Llevaba consigo apenas un puñado de seguidores, pero la soledad de Jesús era mayor de lo que a primera vista parece. Los Apóstoles lo seguían, es cierto, pero con el alma llena de apego a todo cuanto dejaban en medio de terrible separación. El alma de cada de ellos ya no tenía disposición para rezar. Era el inicio de la defección, pues quien no reza está resbalando para el abismo. Rezar no podían, volver a Jerusalén no querían. Quedaron entonces “allí sentados”. Y consintieron en que el Maestro quedase sólo. Tanto pensaban en su propio dolor que olvidaron el dolor del Señor. Se dejaron aplastar por el sufrimiento. Allí sentados, luego, se quedaron dormidos, y poco después…huyeron!


Los Apóstoles no querían participar de la tristeza del Señor


La Agonía en el Huerto. F. Angélico (siglo XV) Museo de S. Marcos, Florencia, Italia


Dejar de rezar. Pensar poco en la pasión de Cristo y mucho en los propios dolores, iodo esto lleva a “sentarse” en el camino y dejar abandonado a Jesús. Luego aparecen la modorra, el sueño, y la tibieza. Y la huída no tarda en llegar…

Terrible..! Terrible lección para quienes emprendieron la extensa jornada en el camino de la perfección.

Jesús les dijo: “Orad para que no entréis en tentación” (S. Lucas, 22,40). No oraron, sucumbieron…


“Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo consigo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera” (S. Mateo, 26, 37).

Selección. Algunos estaban menos tocados por el dolor del abandono, de la derrota, de la separación total del mundo. A esos tres elegidos les dolía más vivo el sufrimiento de Jesús. Merecieron ser llamados a su lado y presenciar el inicio de los dolores infinitamente preciosos del Redentor.

Cuantos reciben el mismo llamado? La gracia los atrae para una gracia mayor, para una ortodoxia más profunda, una comprensión más exacta de la situación terrible de la Iglesia en nuestros días. Para corresponder a esas gracias, es necesario tener el coraje de participar de la tristeza de Nuestro Señor, y para esto es necesario tener un espíritu generoso, fuerte y serio.

En nuestra época: la idolatría de las bagatelas, de la televisión, etc.





Como se rechaza dicha gracia? Rechazando la tristeza de Nuestro Señor, viviendo para las bagatelas, glorificando el deporte, haciendo de la radio, de la televisión, del computador, del celular, el centro de la vida, haciendo de las vulgaridades el único tema de las conversaciones, huyendo de considerar los deberes terribles que la época actual impone y que la gravedad de los problemas suscita, para encerrarse en la “vidita” cómoda de todos los días.

Estos no reciben la adorable confidencia de los dolores del Corazón de Jesús. Son sapos que viven con el vientre pegado a la tierra y no águilas que cortan con su vuelo majestuoso lo más alto de los cielos.

Entonces les dijo:”Mi alma está en tristeza mortal: quedaos aquí y velad conmigo” (S. Mateo, 26,38)

“Mi alma está”, dijo el Salvador y no “yo estoy”. Él quiso indicar que su tormento era totalmente moral y no, por el momento, corporal. Mucho se insiste, en la Pasión, sobre los dolores del cuerpo y esto es bueno. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús vino a insistir especialmente en los dolores del alma de Cristo y esto es óptimo. Pues los dolores del alma son más profundos, más lancinantes, y más nobles que los del cuerpo. Los dolores del alma se oponen a los defectos, siendo éstos los que ofenden a Dios.


Un discípulo de Cristo no vive de las frivolidades


Y de qué sufría el alma de Cristo? De qué debemos sufrir nosotros?

De ver la voluntad del Padre Eterno violada, y Jesús, Nuestro Señor, rechazado, negado, odiado. Pensar en esto, medir la extensión y la gravedad de esto es sufrir en nosotros los dolores espirituales de Nuestro Señor.

Jesucristo y su Iglesia forman un solo todo. Cada vez que vemos en un anuncio una inmoralidad, cada vez que vemos una sentencia equivocada, una institución o una ley opuesta a la doctrina de la Iglesia, debemos sufrir. De lo contrario, si para esto no tenemos celo ni fuerzas, serviremos tan solamente para quedarnos “sentados” y huir en la hora del peligro.

“En tristeza mortal”. Esto es, en suma tristeza. La tristeza de ver la Ley de Dios violada, la Iglesia perseguida, la gloria de Divina negada debe ser en nosotros una tristeza suma, y no apenas una de esas tristezas emotivas y pasajeras como las que se desprenden de las almas frívolas e impresionables.

Una tristeza que no arranca de nosotros resoluciones serias, celo profundo, renuncia efectiva de todo para sólo vivir luchando. Un alma en “tristeza mortal” no se consuela con revistas, ropas, restaurantes, paseos, bagatelas honestas…o deshonestas..! Ella vivirá en el pesar mortal de la gloria de Dios ultrajada, encontrando un lenitivo, sólo en la vida interior y en el apostolado.


Nuestro Señor pide nuestra compasión

“Quedaos aquí”. Esto significa, no os mezcléis con los hijos perdidos de Jerusalén, ni con los tibios que duermen de aquí a pocos pasos.

“Quedaos conmigo”. Si, participad de mi soledad, de mi derrota, de mi dolor. Haced de esto vuestra gloria, vuestra alegría, vuestra riqueza.

“Y adelantándose un poco, se postró con su rostro en la tierra” (S. Mateo, 26,39).


Porqué “adelantarse un poco”, si quería que los tres Apóstoles “se quedasen junto a Él”? “Quedarse junto a Nuestro Señor” significa estar cerca de Él en espíritu, es ser solidario con Él. “Se queda” junto a Él quien está junto a la Iglesia de todo corazón, con toda el alma, con todo el entendimiento. “Se queda” junto a Nuestro Señor quien en las horas de agonía piensa en Él y no en sí mismo. “Se queda” junto a Nuestro Señor quien piensa sólo en Él y no en el mundo, en su espíritu, y en sus deleites.
Nuestro Señor se adelantó “solo un poco”, a un “tiro de piedra”, dice San Lucas (22,41). Porqué “adelantarse”? Y porqué hacerlo “un poco” apenas? Nuestro Señor quería ser visto, para mantener en la fidelidad a los tres Apóstoles escogidos, quería consolarlos y consolarse sintiéndolos cerca. Pero era menester que “Se adelantase”, pues era llegada una hora de especial gravedad. Iría a hablar con Dios, y Dios le iría a hablar. Así como en el culto judaico el sacerdote entraba solo en el Santo de los Santos, así también Nuestro Señor quiso dar a solas este primer paso de su Pasión.

Tenemos en el alma soledades santas como estas? Pináculos en los que estamos a solas con Dios y de las cuales no participa ningún confidente o amigo, ningún afecto terreno y sólo admitimos el mirar de nuestro director espiritual? O por lo contrario, somos de aquellas almas sin reservas ni nobleza, abiertas a todos los vientos, a todas las miradas, a todos los pasos, como una vulgar plaza pública?

La oración es la invencibilidad del verdadero católico


“Se postró en tierra” Humillación completa, renuncia total. Es la víctima lista para el holocausto.

Que preparación para la oración..! Cuando hablamos a Dios, previamente “nos postramos en la tierra”? Esto es nos presentamos humildes, listos para obedecer, deseosos de renunciar a todo, reconociendo que somos nada? O vamos con reservas, reticencias, condiciones, ante las cuales, Dios no nos puede pedir un sacrificio? Cuando escuchamos a la Iglesia, “nos postramos en la tierra”, renunciando a todas nuestras opiniones, a nuestras voluntades, para obedecer? Junto a aquellos quienes nos edifican, “nos postramos en la tierra” aceptando su influencia? O levantamos barreras y restricciones?

“Orando y diciendo: Padre Mío, si es posible, apartad de mí este cáliz: más, no se haga mi voluntad sino la Vuestra” (S. Mateo, 26,29).

El Calvario. Convento de la Inmaculada Concepción de Quito


Estar postrado en la tierra, mas al mismo tiempo orar..! Con el cuerpo colocado en lo que existe de más bajo, esto es, el suelo. Y subiendo hasta lo más alto de los Cielos, esto es, el trono de Dios..! En esto reside la invencibilidad del verdadero católico. En el auge de la aflicción, de la humillación, del desamparo, él aun tiene en sus manos el arma que vence todos los adversarios. Cuánto esto es verdadero en las luchas de la vida interior..! Sin recursos para encontrar el camino, o para resistir, rezamos…y terminamos venciendo. Y cuán verdadero es esto también en nuestro apostolado..! Nos causa pavor el ímpetu de la ola paganizante? Pensamos de inmediato en concesiones, con las cuales sacrificamos lo accidental por ser accidental, y lo esencial secundario por ser secundario, y finalmente lo principal…”para evitar el mal mayor”?. Si conociésemos la fuerza de la oración, si supiésemos “postrar nuestro rostro en tierra y rezar”. 

Comprenderíamos mejor la eficacia de nuestras almas espirituales, el sentido, el valor, la utilidad de la intransigencia cristiana. El Divino Salvador sufrió aquí por los pesimistas, por los desanimados, que no
tienen la noción de la fuerza triunfal de la Iglesia.


Prever el dolor, reconocer la gravedad, aceptar el sacrificio

“Apartad de mí este cáliz”. Cuál cáliz? Era el sufrimiento atroz, aplastador, injusto, que se aproximaba y que Jesús entrevía. En este paso, el Divino Maestro padeció por los que pecan de optimismo, por los que, colocados delante de la perspectiva de la lucha, de angustia, de dolor, practican la política del avestruz y piensan que “todo está bien”. Prever el dolor, prepararse corajosamente para el mismo, es de alta, altísima virtud. Y esto, ya sea en nuestra vida particular, como en la causa de la Santa Iglesia. En estos momentos en que Ella es tan combatida, no tengamos la estulticia de decir que todo está bien. Reconozcamos la gravedad de la hora actual, fijemos nuestras miradas varonil y cristianamente hacia las amenazas del futuro, con ánimo resuelto y confiado, listos para reaccionar por medio de la oración, de la lucha, y de la aceptación plena del sacrificio.

Fue ese el ejemplo que el Divino Maestro nos dio. Se apartó de todos para, frente a frente con Dios, medir en toda la extensión el océano de dolores que se venía sobre Él, y tomar la actitud necesaria delante de aquella perspectiva.

Cuál actitud? “Si fuese posible, apartad de mí este cáliz, más no se haga mi voluntad si no la Vuestra” (S. Mateo, 26,29).

Allí encontramos dos actitudes. En una, el Hombre-Dios pide que “si fuese posible” el dolor se aparte de Él. En la otra, lo acepta en caso no sea posible evitarlo.

Actitud santa, sin teatralidad ni vanagloria. El dolor causa naturalmente pavor en el hombre, y Nuestro Señor, que es no solo verdadero Dios más aun verdadero hombre, tenía pavor del dolor. Pidió pues que, “si fuese posible” sea dicho dolor apartado. Evitar el dolor es legítimo, sabio, santo. Pero, evitarlo a cualquier precio, no..!: sólo “si fuese posible”.


La civilización actual perece por falta del espíritu de sacrificio


“Si fuese posible”: qué quiere decir esto? Si delante de aquella súplica humilde de un Justo aplastado por la visión anticipada del dolor la voluntad divina pudiera mostrase exorable, apartando el sufrimiento, que así fuese. Pero, si por lo contrario, el hecho de alejar ese sufrimiento implicaba una modificación en los planos de la Providencia, con la consiguiente disminución de la gloria de Dios y del bien para la Iglesia que sería fundada y para el de las almas, entonces era mejor sufrir todo.

“Si fuese posible”… sublime condicional que el siglo actual no conoce. Y por esto el mundo entero está en crisis, en trance, en agonía. Bienes de la tierra, riqueza, gloria, salud, hermosura, todo esto es bueno en la medida en que le sobrepongamos la voluntad de Dios. Pero si es necesario renunciar a todo porque en virtud de esta o de aquella circunstancia interior o exterior “no es posible” tener estas cosas sin desagradar a Dios, entonces hagamos la renuncia completa. Si todos los hombres pensasen y sintiesen así sería otro el mundo..! Es por falta de esta condicional en la cual están contenidos todo el orden y todo el bien, que la civilización va pereciendo.

“No se haga mi voluntad si no la Vuestra”. Palabras sobre las cuales está asentada toda la vida de la Iglesia, de las almas, y de los pueblos. Palabras santas, dulces, duras, y terribles, que el hombre de hoy no quiere entender. Definición de la obediencia, de esa obediencia que desde Lutero, el mundo odia cada vez más.


Cristo flagelado. Convento de la Inmaculada Concepción de Quito


Sí, hágase la voluntad de Dios y no la mía, cumpliré los mandamientos y no seguiré mis caprichos. Obedeceré a todos los que ejercen sobre mí un legítimo poder, porque representan a Dios. Y por esto haré la voluntad de ellos, y no la mía.

Mi Jesús, cómo explicar, a la vista de esto, que aun se diga que fuiste un revolucionario y que viniste a traer a la tierra la revolución?


Jesús consolado para soportar el dolor insoportable   


Después de esto hubo un silencio. Los Evangelios no nos cuentan lo que fue respondido ni lo que Jesús dijo a esa respuesta. Para qué decirlo? Y con qué palabras? Probablemente en la tierra sólo una persona lo vio todo, lo supo todo y lo adoró todo: María Santísima, presente sin duda en espíritu en todo y participando de todo.

El tema es demasiado elevado como para que interpretemos ese silencio que ni los Evangelios quisieron romper. Pidamos a la Medianera de todas las gracias que nos inicie en el recogimiento de la vida interior y en los misterios inefables de dicho momento de silencio.

Jesús aceptó: “Entonces, se le apareció un Ángel venido del Cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra” (S. Lucas, 22, 43-44).

Comenzó entonces la Pasión. Jesús preveía el dolor y la muerte y los aceptó. La simple previsión de lo inevitable lo colocaba delante de un cúmulo de tormentos mortificante.

Y “un Ángel lo confortaba”. Sí, su humilde súplica fue escuchada. Dios, le daba fuerzas para vencer el tormento invencible, soportar el dolor insoportable, aceptar con conformidad la injusticia inaceptable.

Si comprendiéramos esto..! Los Mandamientos nos parecen por demás pesados. Ruge en nosotros el viento de los apetitos desordenados y de las tentaciones diabólicas. Si comprendiéramos que ésta es la hora de Dios, si “orásemos con mayor instancia”, si aceptáramos la visita del Ángel que nos conforta..! Sí, porque también para nosotros el Ángel viene siempre, desde que recemos. Ora, es un movimiento interior de la gracia, ora, es un buen libro, ora, un amigo que nos da un buen ejemplo o un buen consejo. Pero, nosotros no rezamos. Resultado, caemos..!


Quien reza se salva, quien no reza se condena.


En la Agonía el Ángel vino como fruto de la oración, y tras recibir su visita Nuestro Señor continuó rezando: sí, rezar más insistentemente es el gran secreto de la victoria. Quien reza se salva, quien no reza se condena, decía San Alfonso María de Ligorio. Y tenía razón..! Jesús sudó sangre. La sangre Redentora por la presión del dolor moral. Se podría decir que era la sangre del Corazón. Que magnífico tema para los devotos del Sagrado Corazón.
Sudar sangre es el extremo del dolor. Es el punto más alto de la presión del sufrimiento moral sobre el cuerpo. Se diría que Nuestro Señor estaba soportando todo cuanto podía en materia de sufrimiento. Entretanto, ni siquiera el primer paso de la Pasión estaba dado.



Presbiterio de la Iglesia de las Naciones, en Jerusalén.
En primer plano, la piedra de la Agonía, sobre la cual Nuestro Señor sudó sangre
 
Cómo explicar esta resistencia incomparable? Su martirio comenzaba justo donde el de otros llega a su auge.

Es que “un Ángel del Cielo lo confortaba” y “Él rezaba más insistentemente”.

Oh! Valor de lo sobrenatural..! Y nosotros osamos en decir que es por falta de fuerzas que capitulamos en la vida interior o en las luchas del apostolado..!


Nuestro Señor sufría, los Apóstoles dormían…y nosotros?




Tres veces dijo el Señor su “fiat” (hágase) (cfr. S. Mateo, 26, 39-44). Y después de cada “fiat” vino a donde sus discípulos. La primera vez, “los encontró durmiendo” (S. Mateo, 26, 40). Y les recomendó: “Vigilad y orad para que no entréis en tentación. El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (S. Mateo, 26, 41). Pero ellos no hicieron caso. 

Porqué? Tenían sueño. Un sueño hecho de dos excesos opuestos: de un lado, la desesperación, y del otro, la presunción.

- La desesperación: delante de la derrota humana de Jesús, los sueños de grandeza de los Apóstoles estaban desechos. Y qué les restaba? Aquellas tinieblas, aquella soledad, aquel suelo duro y vulgar en el que dormían. La carrera interrumpida, oh dolor de los dolores..! Bajo el peso de este dolor, la única cosa que encontraban para hacer era dormir. 

El sueño de la mediocridad lleva al fracaso espiritual


A medida que más se duerme, queda más pesado el sueño. Es este el proceso del desenvolvimiento de la tibieza. En la segunda ocasión, Jesús, “los encontró durmiendo porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño” (S. Mateo, 26,43). Sueño de la mediocridad, del relajamiento, de debilidad. Seguían ellos aun al Maestro? Sí y no. Sí, porque al final de cuentas allí estaban físicamente. No, porque ya no lo escuchaban. Él les hablaba y ellos desobedecían. Él sufría, ellos dormían. Era un inicio de ruptura.




Cómo se dan caídas como estas tan desastrosas? Dormir cuando Jesús habla es, para mí, estar desatento, displicente, tibio, cuando me hablan los que representan a la Santa Iglesia, los que me deben guiar por las vías de la santidad, aquellos que encarnan para mí, por su ejemplo, la ortodoxia, la generosidad, el hambre y la sed de la virtud. Cuando caigo en este sueño, qué remedio hay sino despertarme “vigilando y rezando para no caer en tentación”? Y si no lo hago cuál es el resultado?:

El fracaso en la vida espiritual y en la vocación. En la tercera ocasión, las palabras de Nuestro Señor son de censura: “Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.  Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega” (S. Mateo, 26, 45-46).

Suplicar a Nuestra Señora la gracia de la perseverancia

Era pasada la hora. Ni siquiera la súplica afectuosa y cargada de dolor los había conmovido. “No has podido velar una hora?” (S. Marcos, 14, 37)
De ahí a poco y “cuando aun hablaba Jesús, vino Judas Iscariote, uno de los doce, y con él una multitud de gente con espadas y palos” (S. Marcos, 14, 43). “Y poco después, sus discípulos, desamparándolo, huyeron todos” (S. Marcos, 14, 50).

Huyeron, sí, porque habían sido tibios, habían dormido, no habían rezado. Si 
yo Señor, no quiero huir, debo ser firme, no puedo dormir, tengo que rezar.
Dadme, Señor, esa gracia de la perseverancia, en todas las situaciones, en todos las dificultades, en todas las amarguras; esa gracia de la fidelidad en todos los abandonos, en todos los desamparos, en todas las derrotas; esa gracia de la firmeza, aun cuando todo os abandonen, oprimidos por el sueño o enloquecidos por la concupiscencia de las cosas terrenales. O entonces, mi Dios, llevadme de esta vida. Pues una cosa yo no quiero: huir..! 

Por la intercesión omnipotente de Vuestra Madre Santísima, María de El  Buen Suceso, es esta la gracia de la perseverancia que os pido Señor Jesús. Amén.




Notas:
Título original del artículo:
- “Pater, non mea voluntas, sed tua fiat” (Catolicismo No. 40, Abril- 1954), www.catolicismo.com.br
- La invocación final a Nuestra de El Buen Suceso fue insertada en el texto por la redacción de este blog y no hace parte del artículo original.
- 1.- Del hebreo Rabbi, trato respetuoso. Rabino (Doctor de la ley judaica o sacerdote del culto judaico)