Bodas de Plata de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de El Buen Suceso

VIGILAD Y ORAD: "Quien reza se salva; quien no reza se condena"



“Padre no se haga mi voluntad, sino la Vuestra”

La Oración en el Huerto. F. Angélico (siglo XV) Museo de San Marcos, Florencia, Italia


Transcribimos a continuación un artículo del Profesor Plinio Corrèa de Oliveira, publicado en la revista brasileña Catolicismo, en Abril de 1954. Transcurridos más de 50 años de su publicación, el siguiente texto conserva hoy una impresionante actualidad para los días trágicos de nuestra época. El autor resalta que en las ocasiones especialmente difíciles en las que las fuerzas parecieran faltarnos, debemos elevar nuestros corazones a Dios, y rezar, con la certeza confiada de que las gracias no nos faltarán. Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos nos dio ese sublime ejemplo.
                               


“Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron Él y sus discípulos” (S. Juan 18,1).

Jesús dejó Jerusalén. No se trataba de una partida común, seguida de un breve retorno, sino de una verdadera y profunda separación.
El Maestro amaba la Ciudad Santa, sus murallas cubiertas de gloria, el Templo del Dios vivo que en ella se elevaba, el pueblo elegido que lo habitaba. Por esto predicó la Buena Nueva con especial cariño y combatió los vicios con vigor particularmente ardiente. Pero fue rechazado. Dejaba así, la ciudad maldita.


Jerusalén vista desde el Monte de los Olivos
En el momento en que dejó la ciudad, nadie lo sintió, nadie lo supo, salvo tal vez uno que otro transeúnte que lo vio con indiferencia. Los judíos no sentían una necesidad de Jesús. Para dirigir sus almas, preferían a Anás, a Caifás y a sus congéneres. Para que alguien vele por sus intereses, les bastaba Herodes. A Pilatos lo toleraban con un mal humor resignado. Bajo el cuidado de esos pastores espirituales y temporales, podían comer, beber y divertirse cómodamente, consolando luego la conciencia con una oración y un sacrificio en el Templo. Así, todo se pasaba en medio de la modorra y el conformismo.


Para los adeptos de una vida cómoda, Jesús perturbaba la ciudad.

Jesús vendría a perturbar esa paz. Hablaría de muerte, del día del juicio, del Cielo y del infierno, sin comprender (los espíritus que rechazaban su misión así pensaban), que el siglo no soportaba prédicas como estas y que la primera obligación de un rabí (1) consistía en adaptarse a las exigencias del tiempo. Conocedor de los textos sagrados, hábil en el raciocinio, eximio en impresionar a las multitudes y en atraer a las personas hacia la intimidad de sus coloquios persuasivos, parecía empeñado en mostrar una incompatibilidad irremediable entre la Religión, de un lado y la vida despreocupada y sin frenos del otro lado. Separaba así las dos partes del arco, y tarde o temprano provocaría ruinas. Esto (dicha división) no le importaba, pues no sería sensato. Acentuando el efecto peligroso de sus palabras, practicaba milagros. Y, apoyado en el prestigio que estos le conferían, perturbaba aun mas los espíritus, enseñándoles que el camino que conduce al Cielo es estrecho, inculcando la necesidad de la pureza, de la honestidad, de la rectitud necesaria para entrar en él. Y Jesús, que predicaba la compasión no se condolía de las luchas de las almas, de los dramas de conciencia que de esa forma desencadenaba? Él, que predicaba la humildad, no reconocía la necesidad de conformarse con el ejemplo de la prudencia que los príncipes de los sacerdotes le daban?
En una ocasión, es verdad, pareció estar Jesús en la inminencia de vencer. Pero el Sanedrín actuó a tiempo. Abriendo sus arcas generosamente, envió a que sus emisarios recorriesen el pueblo, despertando prevenciones contra el insolente. Dichos emisarios eran ágiles, y supieron tocar en las cuerdas sicológicas precisas. Las posibilidades del Rabí estaban eliminadas. Jerusalén no sería suya. Pero, su muerte estaba determinada, y el pueblo la aplaudiría. Esa muerte sería un último e insignificante corolario de todo. Un pequeño episodio policial. El pequeño “caso” Jesús de Nazaret estaba cerrado. El pueblo podía entregarse nuevamente al placer, al oro, a las largas ceremonias en el Templo. Todo volverá a la normalidad. Sí, una larga despreocupación tornaba más leve el aire, en aquella noche aburrida y tranquila.
Estaba terminada la prédica de Jesús, y Él dejaba la ciudad pues en ella ya no tenía nada más por hacer. No era compatible con su perfección, asociándose a aquella tranquilidad trépida y modorrienta en que dormían las conciencias que buscó despertar. La única opción era salir. Salir, es verdad, para dejar marcado un alejamiento completo, una separación absoluta, una incompatibilidad frontal.

Jesús abandona Jerusalén, seguido por los Apóstoles

Y Jesús salió. Atrás quedaron las luces y Él entraba en las tinieblas de la noche. Atrás quedaron las alegrías de la vida, Él iba al encuentro de la desolación de los abandonados, de las angustias terribles de los que esperan la noche.

“Y dijo a sus discípulos: Quedaos aquí mientras yo voy a orar” (S. Marcos 14,32)

Llevaba consigo apenas un puñado de seguidores, pero la soledad de Jesús era mayor de lo que a primera vista parece. Los Apóstoles lo seguían, es cierto, pero con el alma llena de apego a todo cuanto dejaban en medio de terrible separación. El alma de cada de ellos ya no tenía disposición para rezar. Era el inicio de la defección, pues quien no reza está resbalando para el abismo. Rezar no podían, volver a Jerusalén no querían. Quedaron entonces “allí sentados”. Y consintieron en que el Maestro quedase sólo. Tanto pensaban en su propio dolor que olvidaron el dolor del Señor. Se dejaron aplastar por el sufrimiento. Allí sentados, luego, se quedaron dormidos, y poco después…huyeron!


Los Apóstoles no querían participar de la tristeza del Señor


La Agonía en el Huerto. F. Angélico (siglo XV) Museo de S. Marcos, Florencia, Italia


Dejar de rezar. Pensar poco en la pasión de Cristo y mucho en los propios dolores, iodo esto lleva a “sentarse” en el camino y dejar abandonado a Jesús. Luego aparecen la modorra, el sueño, y la tibieza. Y la huída no tarda en llegar…

Terrible..! Terrible lección para quienes emprendieron la extensa jornada en el camino de la perfección.

Jesús les dijo: “Orad para que no entréis en tentación” (S. Lucas, 22,40). No oraron, sucumbieron…


“Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo consigo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera” (S. Mateo, 26, 37).

Selección. Algunos estaban menos tocados por el dolor del abandono, de la derrota, de la separación total del mundo. A esos tres elegidos les dolía más vivo el sufrimiento de Jesús. Merecieron ser llamados a su lado y presenciar el inicio de los dolores infinitamente preciosos del Redentor.

Cuantos reciben el mismo llamado? La gracia los atrae para una gracia mayor, para una ortodoxia más profunda, una comprensión más exacta de la situación terrible de la Iglesia en nuestros días. Para corresponder a esas gracias, es necesario tener el coraje de participar de la tristeza de Nuestro Señor, y para esto es necesario tener un espíritu generoso, fuerte y serio.

En nuestra época: la idolatría de las bagatelas, de la televisión, etc.





Como se rechaza dicha gracia? Rechazando la tristeza de Nuestro Señor, viviendo para las bagatelas, glorificando el deporte, haciendo de la radio, de la televisión, del computador, del celular, el centro de la vida, haciendo de las vulgaridades el único tema de las conversaciones, huyendo de considerar los deberes terribles que la época actual impone y que la gravedad de los problemas suscita, para encerrarse en la “vidita” cómoda de todos los días.

Estos no reciben la adorable confidencia de los dolores del Corazón de Jesús. Son sapos que viven con el vientre pegado a la tierra y no águilas que cortan con su vuelo majestuoso lo más alto de los cielos.

Entonces les dijo:”Mi alma está en tristeza mortal: quedaos aquí y velad conmigo” (S. Mateo, 26,38)

“Mi alma está”, dijo el Salvador y no “yo estoy”. Él quiso indicar que su tormento era totalmente moral y no, por el momento, corporal. Mucho se insiste, en la Pasión, sobre los dolores del cuerpo y esto es bueno. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús vino a insistir especialmente en los dolores del alma de Cristo y esto es óptimo. Pues los dolores del alma son más profundos, más lancinantes, y más nobles que los del cuerpo. Los dolores del alma se oponen a los defectos, siendo éstos los que ofenden a Dios.


Un discípulo de Cristo no vive de las frivolidades


Y de qué sufría el alma de Cristo? De qué debemos sufrir nosotros?

De ver la voluntad del Padre Eterno violada, y Jesús, Nuestro Señor, rechazado, negado, odiado. Pensar en esto, medir la extensión y la gravedad de esto es sufrir en nosotros los dolores espirituales de Nuestro Señor.

Jesucristo y su Iglesia forman un solo todo. Cada vez que vemos en un anuncio una inmoralidad, cada vez que vemos una sentencia equivocada, una institución o una ley opuesta a la doctrina de la Iglesia, debemos sufrir. De lo contrario, si para esto no tenemos celo ni fuerzas, serviremos tan solamente para quedarnos “sentados” y huir en la hora del peligro.

“En tristeza mortal”. Esto es, en suma tristeza. La tristeza de ver la Ley de Dios violada, la Iglesia perseguida, la gloria de Divina negada debe ser en nosotros una tristeza suma, y no apenas una de esas tristezas emotivas y pasajeras como las que se desprenden de las almas frívolas e impresionables.

Una tristeza que no arranca de nosotros resoluciones serias, celo profundo, renuncia efectiva de todo para sólo vivir luchando. Un alma en “tristeza mortal” no se consuela con revistas, ropas, restaurantes, paseos, bagatelas honestas…o deshonestas..! Ella vivirá en el pesar mortal de la gloria de Dios ultrajada, encontrando un lenitivo, sólo en la vida interior y en el apostolado.


Nuestro Señor pide nuestra compasión

“Quedaos aquí”. Esto significa, no os mezcléis con los hijos perdidos de Jerusalén, ni con los tibios que duermen de aquí a pocos pasos.

“Quedaos conmigo”. Si, participad de mi soledad, de mi derrota, de mi dolor. Haced de esto vuestra gloria, vuestra alegría, vuestra riqueza.

“Y adelantándose un poco, se postró con su rostro en la tierra” (S. Mateo, 26,39).


Porqué “adelantarse un poco”, si quería que los tres Apóstoles “se quedasen junto a Él”? “Quedarse junto a Nuestro Señor” significa estar cerca de Él en espíritu, es ser solidario con Él. “Se queda” junto a Él quien está junto a la Iglesia de todo corazón, con toda el alma, con todo el entendimiento. “Se queda” junto a Nuestro Señor quien en las horas de agonía piensa en Él y no en sí mismo. “Se queda” junto a Nuestro Señor quien piensa sólo en Él y no en el mundo, en su espíritu, y en sus deleites.
Nuestro Señor se adelantó “solo un poco”, a un “tiro de piedra”, dice San Lucas (22,41). Porqué “adelantarse”? Y porqué hacerlo “un poco” apenas? Nuestro Señor quería ser visto, para mantener en la fidelidad a los tres Apóstoles escogidos, quería consolarlos y consolarse sintiéndolos cerca. Pero era menester que “Se adelantase”, pues era llegada una hora de especial gravedad. Iría a hablar con Dios, y Dios le iría a hablar. Así como en el culto judaico el sacerdote entraba solo en el Santo de los Santos, así también Nuestro Señor quiso dar a solas este primer paso de su Pasión.

Tenemos en el alma soledades santas como estas? Pináculos en los que estamos a solas con Dios y de las cuales no participa ningún confidente o amigo, ningún afecto terreno y sólo admitimos el mirar de nuestro director espiritual? O por lo contrario, somos de aquellas almas sin reservas ni nobleza, abiertas a todos los vientos, a todas las miradas, a todos los pasos, como una vulgar plaza pública?

La oración es la invencibilidad del verdadero católico


“Se postró en tierra” Humillación completa, renuncia total. Es la víctima lista para el holocausto.

Que preparación para la oración..! Cuando hablamos a Dios, previamente “nos postramos en la tierra”? Esto es nos presentamos humildes, listos para obedecer, deseosos de renunciar a todo, reconociendo que somos nada? O vamos con reservas, reticencias, condiciones, ante las cuales, Dios no nos puede pedir un sacrificio? Cuando escuchamos a la Iglesia, “nos postramos en la tierra”, renunciando a todas nuestras opiniones, a nuestras voluntades, para obedecer? Junto a aquellos quienes nos edifican, “nos postramos en la tierra” aceptando su influencia? O levantamos barreras y restricciones?

“Orando y diciendo: Padre Mío, si es posible, apartad de mí este cáliz: más, no se haga mi voluntad sino la Vuestra” (S. Mateo, 26,29).

El Calvario. Convento de la Inmaculada Concepción de Quito


Estar postrado en la tierra, mas al mismo tiempo orar..! Con el cuerpo colocado en lo que existe de más bajo, esto es, el suelo. Y subiendo hasta lo más alto de los Cielos, esto es, el trono de Dios..! En esto reside la invencibilidad del verdadero católico. En el auge de la aflicción, de la humillación, del desamparo, él aun tiene en sus manos el arma que vence todos los adversarios. Cuánto esto es verdadero en las luchas de la vida interior..! Sin recursos para encontrar el camino, o para resistir, rezamos…y terminamos venciendo. Y cuán verdadero es esto también en nuestro apostolado..! Nos causa pavor el ímpetu de la ola paganizante? Pensamos de inmediato en concesiones, con las cuales sacrificamos lo accidental por ser accidental, y lo esencial secundario por ser secundario, y finalmente lo principal…”para evitar el mal mayor”?. Si conociésemos la fuerza de la oración, si supiésemos “postrar nuestro rostro en tierra y rezar”. 

Comprenderíamos mejor la eficacia de nuestras almas espirituales, el sentido, el valor, la utilidad de la intransigencia cristiana. El Divino Salvador sufrió aquí por los pesimistas, por los desanimados, que no
tienen la noción de la fuerza triunfal de la Iglesia.


Prever el dolor, reconocer la gravedad, aceptar el sacrificio

“Apartad de mí este cáliz”. Cuál cáliz? Era el sufrimiento atroz, aplastador, injusto, que se aproximaba y que Jesús entrevía. En este paso, el Divino Maestro padeció por los que pecan de optimismo, por los que, colocados delante de la perspectiva de la lucha, de angustia, de dolor, practican la política del avestruz y piensan que “todo está bien”. Prever el dolor, prepararse corajosamente para el mismo, es de alta, altísima virtud. Y esto, ya sea en nuestra vida particular, como en la causa de la Santa Iglesia. En estos momentos en que Ella es tan combatida, no tengamos la estulticia de decir que todo está bien. Reconozcamos la gravedad de la hora actual, fijemos nuestras miradas varonil y cristianamente hacia las amenazas del futuro, con ánimo resuelto y confiado, listos para reaccionar por medio de la oración, de la lucha, y de la aceptación plena del sacrificio.

Fue ese el ejemplo que el Divino Maestro nos dio. Se apartó de todos para, frente a frente con Dios, medir en toda la extensión el océano de dolores que se venía sobre Él, y tomar la actitud necesaria delante de aquella perspectiva.

Cuál actitud? “Si fuese posible, apartad de mí este cáliz, más no se haga mi voluntad si no la Vuestra” (S. Mateo, 26,29).

Allí encontramos dos actitudes. En una, el Hombre-Dios pide que “si fuese posible” el dolor se aparte de Él. En la otra, lo acepta en caso no sea posible evitarlo.

Actitud santa, sin teatralidad ni vanagloria. El dolor causa naturalmente pavor en el hombre, y Nuestro Señor, que es no solo verdadero Dios más aun verdadero hombre, tenía pavor del dolor. Pidió pues que, “si fuese posible” sea dicho dolor apartado. Evitar el dolor es legítimo, sabio, santo. Pero, evitarlo a cualquier precio, no..!: sólo “si fuese posible”.


La civilización actual perece por falta del espíritu de sacrificio


“Si fuese posible”: qué quiere decir esto? Si delante de aquella súplica humilde de un Justo aplastado por la visión anticipada del dolor la voluntad divina pudiera mostrase exorable, apartando el sufrimiento, que así fuese. Pero, si por lo contrario, el hecho de alejar ese sufrimiento implicaba una modificación en los planos de la Providencia, con la consiguiente disminución de la gloria de Dios y del bien para la Iglesia que sería fundada y para el de las almas, entonces era mejor sufrir todo.

“Si fuese posible”… sublime condicional que el siglo actual no conoce. Y por esto el mundo entero está en crisis, en trance, en agonía. Bienes de la tierra, riqueza, gloria, salud, hermosura, todo esto es bueno en la medida en que le sobrepongamos la voluntad de Dios. Pero si es necesario renunciar a todo porque en virtud de esta o de aquella circunstancia interior o exterior “no es posible” tener estas cosas sin desagradar a Dios, entonces hagamos la renuncia completa. Si todos los hombres pensasen y sintiesen así sería otro el mundo..! Es por falta de esta condicional en la cual están contenidos todo el orden y todo el bien, que la civilización va pereciendo.

“No se haga mi voluntad si no la Vuestra”. Palabras sobre las cuales está asentada toda la vida de la Iglesia, de las almas, y de los pueblos. Palabras santas, dulces, duras, y terribles, que el hombre de hoy no quiere entender. Definición de la obediencia, de esa obediencia que desde Lutero, el mundo odia cada vez más.


Cristo flagelado. Convento de la Inmaculada Concepción de Quito


Sí, hágase la voluntad de Dios y no la mía, cumpliré los mandamientos y no seguiré mis caprichos. Obedeceré a todos los que ejercen sobre mí un legítimo poder, porque representan a Dios. Y por esto haré la voluntad de ellos, y no la mía.

Mi Jesús, cómo explicar, a la vista de esto, que aun se diga que fuiste un revolucionario y que viniste a traer a la tierra la revolución?


Jesús consolado para soportar el dolor insoportable   


Después de esto hubo un silencio. Los Evangelios no nos cuentan lo que fue respondido ni lo que Jesús dijo a esa respuesta. Para qué decirlo? Y con qué palabras? Probablemente en la tierra sólo una persona lo vio todo, lo supo todo y lo adoró todo: María Santísima, presente sin duda en espíritu en todo y participando de todo.

El tema es demasiado elevado como para que interpretemos ese silencio que ni los Evangelios quisieron romper. Pidamos a la Medianera de todas las gracias que nos inicie en el recogimiento de la vida interior y en los misterios inefables de dicho momento de silencio.

Jesús aceptó: “Entonces, se le apareció un Ángel venido del Cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra” (S. Lucas, 22, 43-44).

Comenzó entonces la Pasión. Jesús preveía el dolor y la muerte y los aceptó. La simple previsión de lo inevitable lo colocaba delante de un cúmulo de tormentos mortificante.

Y “un Ángel lo confortaba”. Sí, su humilde súplica fue escuchada. Dios, le daba fuerzas para vencer el tormento invencible, soportar el dolor insoportable, aceptar con conformidad la injusticia inaceptable.

Si comprendiéramos esto..! Los Mandamientos nos parecen por demás pesados. Ruge en nosotros el viento de los apetitos desordenados y de las tentaciones diabólicas. Si comprendiéramos que ésta es la hora de Dios, si “orásemos con mayor instancia”, si aceptáramos la visita del Ángel que nos conforta..! Sí, porque también para nosotros el Ángel viene siempre, desde que recemos. Ora, es un movimiento interior de la gracia, ora, es un buen libro, ora, un amigo que nos da un buen ejemplo o un buen consejo. Pero, nosotros no rezamos. Resultado, caemos..!


Quien reza se salva, quien no reza se condena.


En la Agonía el Ángel vino como fruto de la oración, y tras recibir su visita Nuestro Señor continuó rezando: sí, rezar más insistentemente es el gran secreto de la victoria. Quien reza se salva, quien no reza se condena, decía San Alfonso María de Ligorio. Y tenía razón..! Jesús sudó sangre. La sangre Redentora por la presión del dolor moral. Se podría decir que era la sangre del Corazón. Que magnífico tema para los devotos del Sagrado Corazón.
Sudar sangre es el extremo del dolor. Es el punto más alto de la presión del sufrimiento moral sobre el cuerpo. Se diría que Nuestro Señor estaba soportando todo cuanto podía en materia de sufrimiento. Entretanto, ni siquiera el primer paso de la Pasión estaba dado.



Presbiterio de la Iglesia de las Naciones, en Jerusalén.
En primer plano, la piedra de la Agonía, sobre la cual Nuestro Señor sudó sangre
 
Cómo explicar esta resistencia incomparable? Su martirio comenzaba justo donde el de otros llega a su auge.

Es que “un Ángel del Cielo lo confortaba” y “Él rezaba más insistentemente”.

Oh! Valor de lo sobrenatural..! Y nosotros osamos en decir que es por falta de fuerzas que capitulamos en la vida interior o en las luchas del apostolado..!


Nuestro Señor sufría, los Apóstoles dormían…y nosotros?




Tres veces dijo el Señor su “fiat” (hágase) (cfr. S. Mateo, 26, 39-44). Y después de cada “fiat” vino a donde sus discípulos. La primera vez, “los encontró durmiendo” (S. Mateo, 26, 40). Y les recomendó: “Vigilad y orad para que no entréis en tentación. El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (S. Mateo, 26, 41). Pero ellos no hicieron caso. 

Porqué? Tenían sueño. Un sueño hecho de dos excesos opuestos: de un lado, la desesperación, y del otro, la presunción.

- La desesperación: delante de la derrota humana de Jesús, los sueños de grandeza de los Apóstoles estaban desechos. Y qué les restaba? Aquellas tinieblas, aquella soledad, aquel suelo duro y vulgar en el que dormían. La carrera interrumpida, oh dolor de los dolores..! Bajo el peso de este dolor, la única cosa que encontraban para hacer era dormir. 

El sueño de la mediocridad lleva al fracaso espiritual


A medida que más se duerme, queda más pesado el sueño. Es este el proceso del desenvolvimiento de la tibieza. En la segunda ocasión, Jesús, “los encontró durmiendo porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño” (S. Mateo, 26,43). Sueño de la mediocridad, del relajamiento, de debilidad. Seguían ellos aun al Maestro? Sí y no. Sí, porque al final de cuentas allí estaban físicamente. No, porque ya no lo escuchaban. Él les hablaba y ellos desobedecían. Él sufría, ellos dormían. Era un inicio de ruptura.




Cómo se dan caídas como estas tan desastrosas? Dormir cuando Jesús habla es, para mí, estar desatento, displicente, tibio, cuando me hablan los que representan a la Santa Iglesia, los que me deben guiar por las vías de la santidad, aquellos que encarnan para mí, por su ejemplo, la ortodoxia, la generosidad, el hambre y la sed de la virtud. Cuando caigo en este sueño, qué remedio hay sino despertarme “vigilando y rezando para no caer en tentación”? Y si no lo hago cuál es el resultado?:

El fracaso en la vida espiritual y en la vocación. En la tercera ocasión, las palabras de Nuestro Señor son de censura: “Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.  Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega” (S. Mateo, 26, 45-46).

Suplicar a Nuestra Señora la gracia de la perseverancia

Era pasada la hora. Ni siquiera la súplica afectuosa y cargada de dolor los había conmovido. “No has podido velar una hora?” (S. Marcos, 14, 37)
De ahí a poco y “cuando aun hablaba Jesús, vino Judas Iscariote, uno de los doce, y con él una multitud de gente con espadas y palos” (S. Marcos, 14, 43). “Y poco después, sus discípulos, desamparándolo, huyeron todos” (S. Marcos, 14, 50).

Huyeron, sí, porque habían sido tibios, habían dormido, no habían rezado. Si 
yo Señor, no quiero huir, debo ser firme, no puedo dormir, tengo que rezar.
Dadme, Señor, esa gracia de la perseverancia, en todas las situaciones, en todos las dificultades, en todas las amarguras; esa gracia de la fidelidad en todos los abandonos, en todos los desamparos, en todas las derrotas; esa gracia de la firmeza, aun cuando todo os abandonen, oprimidos por el sueño o enloquecidos por la concupiscencia de las cosas terrenales. O entonces, mi Dios, llevadme de esta vida. Pues una cosa yo no quiero: huir..! 

Por la intercesión omnipotente de Vuestra Madre Santísima, María de El  Buen Suceso, es esta la gracia de la perseverancia que os pido Señor Jesús. Amén.




Notas:
Título original del artículo:
- “Pater, non mea voluntas, sed tua fiat” (Catolicismo No. 40, Abril- 1954), www.catolicismo.com.br
- La invocación final a Nuestra de El Buen Suceso fue insertada en el texto por la redacción de este blog y no hace parte del artículo original.
- 1.- Del hebreo Rabbi, trato respetuoso. Rabino (Doctor de la ley judaica o sacerdote del culto judaico)

Las Fundadoras son encarceladas - Rebelión en el Convento






Retiran a los franciscanos el gobierno del Convento de la Inmaculada Concepción


El siniestro día en el cual separarían al pequeño rebaño de sus pastores divinamente
designados y que lo había profetizado Nuestra Señora, había llegado. Se habían dado nuevas elecciones para Superiora y la Madre Magdalena de Jesús Valenzuela, la nueva Priora escogida, no perdió tiempo en lograr este cometido. Esta religiosa sirvió a menudo de herramienta en las manos de otras monjas con intenciones malvadas.

Rápidamente, trabajó para anular la obediencia a los hijos de San Francisco. Aquel fue un día triste para las heroícas y santas fundadoras y para todas las Concepcionistas obedientes de esa casa. Los padres Franciscanos se despidieron, y la Madre Mariana y todas las monjas fieles lloraron inconsolablemente. Sin embargo, obedientemente se sometieron a la nueva autoridad. El Padre Provincial de los franciscanos se despidió con palabras de estímulo y de consolación, asegurándoles su regreso en el futuro, y dejando para las ingobernables, palabras de maldición.


Confinada en la prisión

Inmediatamente, con la Madre Valenzuela al mando del Convento pero manipulada por la facción ingobernable, la observancia de la regla comenzó a declinar, la prescripción del silencio no fue observada más, y los abusos se multiplicaron.

Preocupada y afligida en su corazón con esta situación, que derrotaba el propósito verdadero de la vida conventual, la Madre Mariana se acercó humildemente a su nuevo superior, Fray Salvador de Ribera, O.P., Sexto Obispo de Quito, pidiéndole como fundadora y ex-priora que estas infracciones y desviaciones se corrijan por el bien del Monasterio.

El Prelado escuchó esta súplica, pero la facción rebelde se cercioró de que recibiera el peor informe posible, haciendo parecer a la Madre Mariana como ingobernable e insubordinada.

Como resultado, el Obispo ordenó que la inocente Sierva fuese encarcelada por tres días. También pidió que su velo le sea quitado, que atienda al público en las horas de comida en el refectorio, y que coma de rodillas en el piso. Esos tres días fueron cumplidos en una prisión oscura y subterránea. Allí, la Madre Mariana tuvo que expiar su perfecta inocencia.


La Madre Mariana encarcelada en su propio Convento
Luego de tres días, la llevaron a un cuarto solitario. Las Madres Fundadoras, incapaces de contenerse viendo su sufrimiento, allí la visitaron. Por esto, fueron encarceladas junto con la Madre Mariana por un mes completo. Otras, que demostraron solidaridad para con ellas, también fueron enviadas junto a las santas religiosas a la prisión. Fueron veinticinco religiosas a la vez las que pagaban así su fidelidad.


Consolaciones divinas

Una noche, una cruz pequeña que la Madre Mariana había pintado en la pared comenzó a brillar intensamente. Mientras la luz aumentaba maravillosamente ante el asombro de las inocentes cautivas, cada una de las siete fundadoras cayó en un sublime éxtasis y a cada una de ellas se les mostró una visión diferente.

Por ejemplo, la Madre Francisca de los Ángeles, vio a su Padre Seráfico, San Francisco de Asís, en estado de indignación y que con un arco apuntaba sobre el convento, lanzando flechas en todas direcciones. Una de las flechas perforó el corazón de una de las monjas desobedientes, que cayó muerta inmediatamente.

Entonces San Francisco le dijo a la Madre Francisca:


“Esta monja - la fulminada - es la principal responsable de la separación de los franciscanos y del relajamiento introducido en el monasterio. Será responsable también de todas las faltas contra la observancia de la regla en los siglos venideros hasta que la jurisdicción de la familia franciscana vuelva. Entonces la regla dada a nosotros por el Papa Julio II será observada perfectamente. Veo que en todos los tiempos habrá almas que amando la Seráfica orden, sostendrán la observancia regular del monasterio con sus dedicadas vidas de penitencia”.

A la mañana siguiente las rebeldes encontraron muerta a dicha monja en su celda, con su rostro color púrpura y ennegrecido. Hicieron que las cautivas cargaran el cuerpo para el entierro. ¡Imaginemos el dolor de la Madre Francisca, de tener que cargar el cuerpo de esta hermana que ella amó y sirvió pero que no pudo salvar!

En otra visión, Sor Magdalena de San Juan contempló a San Juan Evangelista, quien le reveló que en la Última Cena y en momentos en que reposó su cabeza sobre el Sagrado Corazón, el Divino Redentor le dio a conocer muchos secretos. Uno de ellos, era la fundación de este Monasterio. Nuestro Señor le dejó saber cuánto amaba esta Casa y que en ella vivirían siempre almas Eucarísticas que tomarían sobre sus hombros la reparación de los sacrilegios cometidos contra la Víctima Divina.

De este modo, estas almas santas pasaban días amargos encarceladas dentro de su propia casa, perseguidas, ultrajadas y abandonadas por sus propias hermanas.


Las prisioneras son liberadas

Torturada por la compasión y el remordimiento, la Madre Valenzuela no pudo soportar más el pensamiento de que estas monjas santas e inocentes estuvieran encarceladas en ese horrible lugar. Escribió una carta al Obispo en la que confesaba su debilidad en permitir que las monjas rebeldes la manipulen y causen el encarcelamiento de estas mujeres perfectamente libres de culpa. El Prelado quedó consternado al recibir este mensaje. Reprendió a la Madre Valenzuela seriamente y pidió la libertad inmediata de las víctimas. Al ser liberadas, las sufridas religiosas besaron humildemente los pies de su Priora y los de sus perseguidoras.

Fueron constantes los episodios de calumnia y persecución estimulados por el demonio contra las monjas fieles. Esto apenas era el principio de una persecución terrible sufrida por estas heroínas de claustro, que más adelante serían nuevamente devueltas a esa horrible prisión.


Una vez más, elección y… encarcelamiento

Luego de salir del encierro, la Madre Mariana fue otra vez elegida Abadesa recibiendo la mayoría de los votos de la facción obediente del convento. Esto causó tal furia en el bando rebelde que sería ella otra vez difamada a tal punto que el Obispo, no sabiendo qué hacer, la hizo aislar en una celda. El grupo de rebeldes deseaba enviarla otra vez a la oscura prisión, pero se encontraron con la oposición de la Priora anterior, la Madre Valenzuela.


La Madre de Dios pide que una Imagen sea elaborada

Cierto día, durante ese segundo período de aislamiento, mientras rezaba y sufría, la Madre Mariana contempló otra vez a la Señora de majestad y belleza incomparables rodeada por una luz, y que una vez más presentándose bajo el nombre de María de El Buen Suceso, llevaba como en la Aparición anterior, al Niño Jesús en sus brazos y en la mano derecha el báculo de oro, adornado de una cruz con diamantes incrustados relucientes como el sol; piedras preciosas adornaban el centro de la cruz y el nombre de María se hallaba grabado en una estrella de rubíes, brillando con diversidad de luces.

Esta vez, entre muchas otras cosas, la Santísima Virgen de El Buen Suceso le pide a la Madre Mariana que mande a confeccionar una imagen tal como se presentaba ante sus ojos. Deseaba que la misma fuese colocada sobre el asiento de la Priora en el Coro Alto, para desde allí, ser Ella, la Reina del Cielo quien gobierne con eficacia aquél Su Convento. Quería también que el báculo fuese colocado en su mano derecha como muestra de Su autoridad como Abadesa, junto con las llaves del Monasterio para defenderlo en los siglos venideros.


Cruz de piedra bajo cuya sombra se efectuó la fundación del Monasterio de la Concepción de Quito en enero de 1577


"Haré incluso milagros en favor de la conservación de éste mi Convento", diría Nuestra Señora a la Madre Madre Mariana en 1594. Y la Reina del Cielo cumplió con dicha defensa. En varias ocasiones futuras, funcionarios gubernamentales hostiles intentaron desalojar a las hermanas o cerrar el Convento. Ninguno de esos intentos tuvo éxito. En algunos casos la persona responsable moría o era destituida antes de que la consigna fuera realizada. En cierta ocasión, un gran número de hombres fueron asignados para converger en el Monasterio en una hora especificada, y así proceder a su invasión y posterior confiscación... inexplicablemente, dichos hombres se olvidaron de la cita hasta que el tiempo había pasado.

Iglesia perteneciente al Convento de la Inmacula Concepción de Quito. Al fondo, Altar Mayor dedicado en Honor a Nuestra Señora de El Buen Suceso

Por un Ecuador auténticamente cristiano, grandiosa demostración de sacrificio, piedad y ufanía en el siglo XXI: Rosario de la Aurora en Honor a Nuestra Señora de El Buen Suceso





    2 de Febrero del 2011. Conmemoración del Rosario de la Aurora en Honor a Nuestra Señora de El Buen Suceso.

    Qué significa conmemorar el buen suceso? Cuál es ese buen suceso? Qué es un suceso ? En que momento se convierte en un buen suceso?

   Un suceso no es algo meramente circunstancial, se convierte en buen suceso, en digno de nota, cuando se origina de algo que requiere de cuidado, empeño, dedicación, esfuerzo, desembocando en el resultado esperado.

   El suceso es hijo del esfuerzo, de la dedicación y del heroísmo. Es ahí que se dá un buen suceso.

   Precisamente marcadas demostraciones de sacrifício, piedad y coraje caracterizaron el Rosario de La Aurora en Honor de la Santísima Virgen en Quito.



   Ora, si por un lado, Nuestra Señora de El Buen Suceso bien puede ser considerada la Patrona de todos aquellos que están entregados a una ardua tarea, a una enorme responsabilidad, que tienen delante de sí una serie de cosas difíciles por hacer pero con la mirada puesta siempre en ese gran resultado, con mayor razón es Ella la Patrona de todos aquellos que luchan por la obtención de un buen suceso al servicio de Su causa.

   Por tanto, es bien merecido calificar como un buen suceso el de todos quienes en las tinieblas de la noche del neopaganismo de nuestros días, trabajan para que nazca el sol del Reino de María(*) siendo la lucha por este advenimiento, lenta y muy ardua.

   Para quienes asisten al Rosario de la Aurora la lucha es individual, y ciertamente la más dura de todas: la lucha interior. Batallar contra las malas inclinaciones, contra las pasiones desordenadas, contra los actos de orgullo e impureza, contra las modas inmorales, contra el pecado.


   Así, siendo el Reino de María admirablemente un buen suceso, un magnífico suceso, porqué no nombrar también a Nuestra Señora de El Buen Suceso como la Patrona de la aurora del Reino de Ella en la tierra?

   Pedir la gracia de trabajar y luchar por la implantación del reino de la Santísima Virgen, he ahí el sentido auténtico del Rosario de la Aurora.



  Por medio de las oraciones de la Sierva de Dios, Madre Mariana de Jesús Torres, nuestra eficaz intercesora ante Nuestra Señora de El Buen Suceso, pidamos a María Santísima en estos momentos tan difíciles:

  “Oh! Madre de El Buen Suceso, venga a nosotros Vuestro reino, sea hecha Vuestra voluntad así en la tierra como en el Cielo”

   Es el reino de Ella. Es el reino de Nuestro Señor Jesucristo en su más perfecta expresión solo que más quintaesenciado: es el reino de María!




    (*)San Luis María Grignion de Monfort (1673-1716) en su Tratado de La Verdadera Devoción a La Santísima Virgen prevé la implantación en la Tierra de una era “en la cual las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire” y en la que innumerables personas “se transformarán en copias vivas de María”(Cap. VI, art. V). A dicha era el santo la denomina Reino de María. Esa profecía se relaciona orgánicamente con las de Nuestra Señora de El Buen Suceso. En ellas, luego de prever varias calamidades para el Ecuador y el mundo, la Reina de los Cielos afirmó:

   “Llegarán momentos en los cuales, al parecer todo estará perdido y paralizado, y entonces será feliz principio de la restauración completa. Es llegada mi hora, en la que Yo de una manera asombrosa destronaré al soberbio satanás, poniéndole bajo mi planta, encadenándole en el abismo infernal, dejando por fin libre a La Iglesia y a la Patria de esa cruel tiranía” (Diario “El Ecuatoriano” 4 de Abril de 1951)

Abadesa del Convento y Primera Aparición de Nuestra Señora de El Buen Suceso






Venerable Madre María de Jesús Taboada
    En 1589, la entonces Abadesa, Madre María Taboada, sintiéndose débil de salud y deseando prepararse para su muerte que se acercaba y que la Providencia se la había predicho a travez de su sobrina Mariana de Jesús Torres, sugirió la elección de ésta como nueva Superiora.

    La Madre Taboada había gobernado durante dieciséis años según el deseo unánime de su convento, y las religiosas pensaban que no existía alguien lo suficientemente capaz para continuar la tarea de la Fundadora.

    Sin embargo, respetando sus deseos, eligieron unánimemente a la Madre Mariana de Jesús Torres, confiando en su exaltada virtud a pesar de tener solamente treinta años. La Madre Mariana, dirigió el convento con gran sabiduría, prudencia, caridad y calidad en las vías del Señor, satisfaciendo cada punto de la santa regla, no omitiendo absolutamente nada. Sabía que tendría a su tía con ella por un tiempo más y tomó completa ventaja de sus consejos y dirección.


Predicciones sobre el Monasterio

Varias veces, las Madres María y Mariana, recibieron revelaciones sobre el futuro del Convento. En ellas, conocieron a cada monja que profesaría en su comunidad hasta el fin del mundo. Sabían que en las diferentes épocas, habría en esa bendita Casa, además de almas con grandes virtudes, méritos y santidad, también espíritus desagradecidos y desobedientes. Las almas santas librarían de grandes calamidades al Ecuador y mantendrían la fe ardiendo incluso durante los calamitosos siglos XX y XXI.

Los planes del demonio de destruir este Convento fueron evidenciados muy pronto. Incitadas por el príncipe de las tinieblas, algunas monjas ingobernables y desobedientes, deseaban una regla menos rigurosa, e intentarían obtener la separación de su comunidad de la dirección de los Frailes Franciscanos.Dicha separación causará en las monjas fieles el más penoso de los sufrimientos.

Primera aparición de La Virgen de El Buen Suceso

Por ese tiempo, la Madre Mariana sufría por el cuidado del Convento. Carecían de ayuda financiera apropiada, sumándosele la cruz de la amenazadora separación de los franciscanos. Todo esto infligió en su alma un verdadero martirio.

Antes de la Aurora del día 2 de febrero de 1594, rezaba en el Coro Alto. Prostrada, con su frente tocando el piso, imploraba por la ayuda divina para con su comunidad y por la misericordia para con el mundo pecador.

Entonces escuchó una dulce voz llamarla por su nombre. Levantándose rápidamente, contempló en medio de una aureola de luz, a una Señora muy hermosa, la cual, sostenía en su brazo izquierdo al Niño Jesús y en su mano derecha un báculo elaborado con el oro más puro y adornado con piedras preciosas nunca vistas en esta tierra.

Temerosa por no saber de quién se trataba la visión, la Madre Mariana preguntó: “Quién sois, hermosa Señora y qué deseáis de mi? Debéis saber que soy solamente una pobre monja, llena de amor para Dios, es verdad, pero sufriendo todo lo posible".

La Señora respondió:

“Soy María de El Buen Suceso, la Reina del Cielo y la Tierra. Precisamente porque eres un alma religiosa con completo amor para con Dios y para con su Madre que ahora te habla, es que he venido del Cielo para consolar tu agobiado corazón”.

Nuestra Señora realzaría luego, cómo los rezos y penitencias de la Sierva de Dios satisfacían a Dios, indicándole también que sostenía el báculo de oro en su mano derecha, porque deseaba Ella misma gobernar el Convento, que lo asumía como de Su propiedad, y que el demonio haría todos sus esfuerzos para destruirlo por medio de algunas hijas ingratas que allí vivían.

“Él no logrará su meta”, continuó la Santísima Virgen, “porque soy la Reina de las Victorias y la Madre de El Buen Suceso. Bajo esta invocación quiero, en los siglos venideros, realizar los milagros necesarios para la preservación de éste mi Convento, y para los habitantes de esta colonia".

“Hasta el fin del mundo tendré hijas santas, almas heroicas, en la vida silenciosa de este Convento, que sufrirán persecuciones y calumnias dentro de su propia comunidad, serán muy amadas por Dios y Su Madre… Sus vidas de oración, penitencia y sacrificio serán extremadamente necesarias en todos los tiempos. Después de pasar todas sus vidas desconocidas al mundo, serán llamadas al Cielo para ocupar un elevado trono de gloria.”

Le reveló también Nuestra Señora que su vida sería larga y sufrida, pidiéndole que jamás pierda el valor.

Dicho esto, colocó al Niño Jesús en los brazos de la humilde religiosa, quien al abrazarlo firmemente entre su corazón, sintió fuerzas para sufrir lo indecible.

El Niño Jesús en su hogar

"La devoción al Niño Jesús del Pichincha será indispensable para conservar la inocencia espiritual"



Ud se podrá valer, ya sea en su hogar o en su oficina, de esta maternal promesa de Nuestra Señora de EL Buen Suceso


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Para esto, ponemos a su disposición lindas imagenes representando al Divino Niño Jesús del Pichincha...


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...y a María Santísima de El Buen Suceso

Solícítelas escribiéndonos a: devotosvirgendelbuensuceso@yahoo.es

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Fiesta del Niño Jesús del Pichincha




    Quiso la Providencia con la devoción ferviente al Niño Jesús del Pichincha,  que el Divino Salvador sea alabado en una edad casi nunca considerada: su pubertad. Así, ciertamente esta devoción es única en el  mundo, pues por doquier Nuestro Señor es honrado en su infancia, en su apostolado, en su pasión, y en su resurrección pero no en su temprana juventud.

    Por esto y desde hace muchos años, en la Iglesia perteneciente al Convento de la Inmaculada Concepción de Quito, el segundo domingo después del término de la Novena en Honor a la Santísima Virgen de El Buen Suceso - esto es, el segundo domingo de Febrero - así como todos los segundos domingos de cada mes son dedicados al Divino Niño Jesús de la Cruz del Pichincha.

   En una de sus Apariciones, sucedidas en dicho Monasterio, la Santísima Virgen de El Buen Suceso le decía a la Madre Mariana de Jesús Torres:

   "Crucificado viste a mi Divino Niño en el cerro del Pichincha. No fue por acaso. Como esta colina domina la ciudad, mi Hijo Santísimo quiso santificar ese lugar, desde donde el Corazón Santísimo de mi querido Jesús desea ejercer su dominio".

   Así se refería Nuestra Señora a la Visión que tuvo la Madre Mariana a fines del año 1628. En ella, la Santa Fundadora presenció al Niño Jesús en los inicios de su adolescencia, en la cima del Monte Pichincha crucificándose por causa de nuestrras ingratitudes.

   "Y así, - proseguía la Madre de Dios- como por mandato mío, dejaste mi Imagen sobre la Sede Abacial, en el Coro superior de éste mi Convento, para gobernarlo y defenderlo, y hacer el bien a todas las poblaciones y ciudades, queremos igualmente, Mi Hijo y Yo, que hagas reproducir esta visión en estampas, valiéndote del actual Obispo, Sacerdote prudente y virtuoso, escribiendo en ellas las mismas palabras que oíste de labios de tu Amor Crucificado en el cerro del Pichincha. Esas estampas volarán por el mundo entero y a todos impresionará santamente, sin saberse en el transcurso de los tiempos de su procedencia".

Imagen del Niño Jesús del Pichincha, Convento de la Inmaculada Concepción de Quito

   Para esto el Obispo de Quito, Fray Pedro de Oviedo, había también contemplado la misma visión de la Madre Mariana: el Niño Jesús le pedía al Prelado grabar en estampas tal Aparición, y divulgarlas por todo el mundo, debiendo añadirles las palabras pronunciadas por el Divino Niño en dicho monte.

   El Obispo entendió que las estampas jamás desaparecerían con el transcurrir de los siglos, siendo continuamente reproducidas, llevando impreso en sí mismas el don de conquistar corazones para el amor a Dios.

   Cabe indicar, que don Pedro de Oviedo, elevado a la categoría del primer Arzobispo de Quito, varón de Dios, y cuyo pastorado es considerado entre los mejores si no el mejor de la historia de dicha ciudad, lleno de discernimiento adquirido en su etapa de fraile cisterciense, vio claramente cuán verdaderas eran todas las revelaciones que le había confiado la Santa religiosa así como el trato íntimo de ésta con Dios y su Santísima Madre.

Estampas del Niño Jesús del Pichincha y de Nuestra Señora de El Buen Suceso


Consideraciones al Niño Jesús de la Cruz del Pichincha

Y Jesús crecía en sabiduría y en edad, y en gracia delante de Dios y de los hombres. (Lucas 2: 52).

   Capullo hermosísimo y adorable, el Niño Jesús del Pichincha nos presenta al Redentor en los alvores de su juventud.

   Quiso su Madre, la Reina de El Buen Suceso sea honrado en el Ecuador, talvez el primer país en el mundo en tener tal honor.

   Joven, Dios, Rey y Hombre...la tierna sonrisa de su faz  embarga de amor y deleita suavísimamente el alma.

   Es al Divino Corazón de este hermoso Niño, quien sobre el Monte Pichincha quiso beber el cáliz amargo de la crucificción por los pecados del Ecuador, al que dos siglos después se consagraría nuestra nación, tal como Nuestra Señora de El Buen Suceso nos lo anunciara.

   Amemos al Niño Jesús del Pichincha, amemos a Nuestra Señora de El Buen Suceso, honrémoslos de corazón, pues Ellos, en un día no muy lejano salvarán al Ecuador como nos lo han revelado.

Pídase aqui una gracia al Divino Niño Jesús del Pichincha.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Divino Niño Jesús del Pichincha, tened piedad de nosotros

Oh ! Madre de El Buen Suceso, ruega por nosotros.

Un Alma predestinada que murió tres veces





La Sierva de Dios, Madre Mariana de Jesús Torres a su llegada desde España, convirtió a los trece años en co-fundadora del Real Convento de la Inmaculada Concepción de Quito, abrazando de esa forma su extraordinaria vocación  de ser un verdadero pararrayo entre la Justicia Divina y el mundo pecador.


Los Votos

La Madre Mariana junto al Arcángel San Miguel
       

      A los quince años, la joven Mariana se incorporó al noviciado, consagrándose plenamente el 21 de Septiembre de 1579, a los dieciséis años de edad, cambiando su nombre Mariana Francisca por el de Mariana de Jesús. Mientras pronunciaba sus votos ante su tía, Madre María de Jesús Taboada, primera Abadesa del Convento, Mariana de Jesús entró en un éxtasis sublime durante el cual Nuestro Señor Jesucristo le mostraba la cruz que debía cargar en medio de todos los sufrimientos, persecuciones, enfermedades y tentaciones enormes que ella experimentaría para su propio bien y para el nuestro. La preservó solamente de tentaciones contra la pureza. Nunca tendría un solo pensamiento o inclinación contra esta virtud angelical.

     Todo esto irritaba a Satanás, que furioso corría tras ella, buscando causarle daño físicamente, pues le era imposible dañar su alma. La hacía rodar las gradas con crueldad, se enredaba en sus pies y la hacía caer aun durante los actos de la Comunidad. Cuando servía la comida, buscaba hacerla caer con los platos y regar los alimentos. Cuando leía le borraba las letras.

     A pesar de las embestidas del demonio, ella, valiente y siempre serena, conservaba aquella santa imperturbabilidad, propia de las almas sólidamente piadosas.


Vida de Penitencia


Luego de tomar sus Hábitos, Nuestro Señor otra vez le apareció, revelándole las horas y las penitencias que debía realizar durante la semana. Castigos tan severos que la Madre María Taboada temió por la salud de su sobrina. Sin embargo, Nuestro Señor había colocado en los labios de la penitente, una gota del agua cristalina de su propio Costado, fortificándola tan maravillosamente para todo lo que había pedido de ella.

Sus suplicios sólo pueden ser entendidos enteramente cuando consideremos que estaba llamada a ser una víctima por los pecados de nuestros días. Así por ejemplo, ella envolvía a excepción de sus manos y pies, completamente su inocente cuerpo en alambres con puntas de hierro, llevando así una vida penitencial y piadosa, cada vez más grande en la virtud.

Un día, en el año 1582, la Madre Mariana rezaba ante el Santísimo Sacramento en el Coro Alto del Convento, cuando escuchó un estruendo aterrorizante y vio la iglesia envuelta en una densa oscuridad. Solamente el altar principal seguía iluminado, como si fuera plena luz del día.

Súbitamente, se abrió la puerta del tabernáculo, y apareció Nuestro Señor Crucificado, clavado en una cruz de tamaño natural. La Santísima Virgen, San Juan Evangelista y Santa María Magdalena permanecían juntos, como en el Calvario, mientras Nuestro Señor agonizante decía:

“Este castigo es para el siglo XX”

Luego vio tres espadas que pendían sobre la cabeza de Nuestro Señor, cada una con una inscripción. En la primera decía: “castigaré la herejía”; en la segunda, “castigaré la blasfemia”; y en la tercera, “castigaré la impureza”.

Entonces la Santísima Virgen se dirigió a la religiosa: “Hija mía, deseáis sacrificarte por los pecadores?”

La santa religiosa aceptó. Enseguida las tres espadas, fulminándola violentamente, perforaban y se hundían en su corazón, para la salvación de muchas almas, quedando sin vida a los Pies del Dios Sacramentado.

Al día siguiente, La joven religiosa, siempre primera en todos los actos de la comunidad, no compareció, por lo que la abadesa y las otras monjas fueron en su búsqueda, encontrando su cuerpo en el Coro Bajo y con enorme tristeza lo llevaron a su celda, colocándolo sobre su cama.

El doctor, de nombre Sancho, y los Frailes Franciscanos - bajo cuya tutela se hallaba el Convento de las Conceptas -, fueron llamados de inmediato. Don Sancho confirmó la muerte de la santa monja recomendando un entierro apropiado.

Afuera, los habitantes de Quito y alrededores, clamaban en las puertas del convento por ver el cuerpo de su querida benefactora, pues la Madre Mariana se había hecho muy conocida al haber ayudado a muchos con sus consejos, su penitencia, sus oraciones e incluso con sus milagros.


Su retorno a la tierra...


La Madre Mariana apareció ante el Divino Juez, Quien no encontrando ninguna falta en ella, le dijo:

“Venid amada de mi Padre, y recibid la corona que hemos preparado para ti desde el inicio de los tiempos”.

Se hallaba ella por consiguiente con una felicidad indescriptible, en la Corte Celestial ante la Santísima Trinidad y la Santísima Virgen.

Mientras tanto, en la tierra, las oraciones de la Madre María Taboada y de todas las religiosas, así como de los Padres Franciscanos y de los quiteños en general, se elevaron al trono del Altísimo. Las Madres del Convento, no podían concebir el vivir sin quien era el pararrayos verdadero de la Justicia de Dios para su comunidad. Suspiraban y lloraban, pidiendo a Dios para tenerla de vuelta.

Queriendo escuchar las súplicas de sus hijos en la tierra, Nuestro Señor le presentó a la Madre Mariana dos coronas, una de gloria y otra de lirios entrelazados con espinas, instándola a elegir una de ellas. Escogiendo la corona de la gloria permanecería en el Cielo lo cual era su derecho, pero eligiendo la otra, ella volvería a la tierra y reasumiría su sufrimiento.

La humilde religiosa entonces pidió a su Amado Esposo que eligiera por ella.

“No!”, contestó Nuestro Señor. “Cuando te tomé como esposa probé tu voluntad, y deseo ahora hacer lo mismo.”

Intervino entonces María Santísima diciendo:

“Hija mía, dejé las glorias del Cielo y volví a la tierra para proteger a mis hijos. Deseo que me imites en esto, porque tu vida es muy necesaria para mi Orden de la Inmaculada Concepción” (Según la Mística Ciudad de Dios, escrita por Santa María de Jesús de Ágreda, Religiosa y Mística Concepcionista, Nuestra Señora fue llevada al Cielo en el día de la Ascensión de Nuestro Señor y le fue presentada también la opción de permanecer o volver a la tierra para ayudar a la Iglesia, recién fundada).


La Madre Mariana cargando la Santa Cruz
“Qué aflicción para esta colonia en el siglo XX!'' continuó Nuestra Señora, “si para entonces no hay almas que, con su vida de sacrificio y de holocausto, sigan tu ejemplo y apacigüen la Justicia Divina, el fuego vendrá del cielo y consumiendo a sus habitantes, purificará Quito.”

Al conocer que la Voluntad Divina era su regreso a la tierra, la Madre Mariana pidió a Nuestra Señora todo el valor y el conocimiento necesarios para formar y conquistar almas para Dios dentro y fuera de su Convento.

En ese momento en la tierra, el Superior Franciscano, inspirado por Dios, se dirige al cuerpo de la Madre Mariana que yacía en el lecho diciendo: "En nombre de la Santa Obediencia, te ordeno Madre Mariana que si estás muerta, tu alma regrese al cuerpo y recobrando la vida nos relates lo que sucedió". 

Enseguida, tras un suspiro y ante el asombro de su tía, la Madre Abadesa y del doctor don Sancho, la Santa Fundadora abrió sus ojos procediendo luego a relatarle al Padre Director todo cuanto vivió en el Paraíso.

Poco después retomaría la vida contemplativa pero con mayor esmero y dedicación.


Estigmas y desolación


En la noche del 17 de Septiembre de 1588, mientras rezaba, recibió las heridas santas de Nuestro Señor Jesús en sus manos, costado y pies, provocándole terribles dolores por lo que tuvo que ser ayudada a llegar a su lecho. Los estigmas aparecían en las palmas de sus manos y las plantas de sus pies, como herida de clavos; en su costado apareció una marca roja muy profunda a manera de herida de lanza.

La enfermedad se prolongó y su cuerpo quedó transformado en una sola llaga. En medio de dolores atroces le era imposible tragar alimentos y no podía mover ningún miembro de su cuerpo. Dios Nuestro Señor le retiró sus consuelos abandonándola a sufrir las penas de un condenado.

Sin embargo, la Madre Mariana nunca dejó de rezar y sobretodo jamás abandonó sus oraciones de media noche y tres de la madrugada.

Agravando sus sufrimientos, el demonio hizo lo máximo para tentarla, insinuándole que su vida había sido inútil. La rondó alrededor de su cama constantemente en forma de una horrible serpiente, visión que la atormentó de manera incesante.

Fue en esta terrible prueba, que duraba ya cinco meses, que el demonio interpuso todo su empeño en martirizarla. La Madre Mariana fue llevada a instancias en que todos los actos de heroísmo en su lucha contra el mal le parecían crímenes, sus buenas obras le parecían obras de perdición, y su propia vocación, era para ella un engaño y una vana ilusión. Asistía a una visión del propio infierno y se creía convencida de su propia perdición, sintiendo ya desprenderse el alma de su cuerpo y la caída de éste en el fuego eterno.  Agotando un último esfuerzo, invocó a la Santísima Virgen diciéndole:

“Estrella del mar, María Inmaculada, la frágil embarcación de mi alma está por naufragar. Las aguas de la tribulación me ahogan. ¡Sálvame, pues perezco!”.

Entonces, sintiendo una mano acariciar su cabeza, miró hacia arriba y vio a la Reina del Cielo, hermosa, bondadosa y majestuosa en un nimbo de luz. Fue así que pudo moverse y no vio más a la horrible serpiente, la cual en medio de un estruendoso grito se precipitó en el infierno provocando un estruendo similar al de un temblor.

El Santo Rosario

Tras el pavoroso ruido, la Madre Abadesa junto a la enfermera fueron a asistirla y vieron que
su cuerpo había recobrado sus movimientos. La Madre Mariana  ante las bondades inefables de Nuestra Señora para con ella, las instó a rezar el Rosario en agradecimiento a su Divina Protectora.

La Santa religiosa entonó luego la Letanía Lauretana siendo seguida con gran alegría por las presentes quienes nunca sintieron sus corazones abrazados del amor a Dios, como en aquellos instantes sublimes en que rezaron junto a la Sierva de Dios.

Segunda resurrección

Había ya transcurrido un año desde su recaída y su condición empeoró. El Doctor había dictaminado que debido a su vida de penitencia la médula de sus huesos se había secado y sólo tenía vida en su corazón.

A la mañana siguiente, sucedería lo inimaginable... Al reunirse las religiosas en el Coro Alto para rezar el Oficio, encontraron ante el asombro de todas, a la Madre Mariana rezando junto a ellas..! Tal como su Divino Esposo, al cual intentó imitar en todo, había resucitado la mañana de Pascua y había sido devuelta a la vida una vez más para continuar a través de sus sufrimientos, luchando por la salvación de las almas.